Derecho e instituciones
El personaje del libro apócrifo entra en la novela verdadera para declarar ante escribano que no conoce a este Don Quijote ni a este Sancho
Cervantes encuentra una forma genial de expulsar al apócrifo: hacer declarar a uno de sus propios personajes.

La lámina abre el capítulo 72, donde Don Álvaro Tarfe reconoce que este Don Quijote y este Sancho no son los personajes apócrifos que había conocido.
Cervantes encuentra una forma genial de expulsar al apócrifo: hacer declarar a uno de sus propios personajes.
Don Álvaro Tarfe, venido del libro falso, entra en la novela verdadera y certifica ante escribano que no conoce a este Don Quijote ni a este Sancho. La ficción usa un acta casi legal para separar identidades.
La idea central está ahí: Cervantes usa al intruso para expulsar al intruso.
El gesto es extraordinario. No basta con burlarse del falso autor. La novela convoca una especie de prueba documental dentro de la ficción. Tarfe funciona como testigo de autenticidad: reconoce que los personajes verdaderos no son los que él trató en la continuación ajena.
La presencia del escribano importa. El problema literario se trata como asunto de certificación. El nombre, la persona y la fama necesitan constancia pública. La novela se defiende con herramientas casi jurídicas.
Así, el apócrifo queda doblemente derrotado. Primero, porque el Don Quijote verdadero cambió de ruta para no coincidir con él. Segundo, porque un personaje del mundo falso comparece y admite la diferencia.
Cervantes convierte la polémica editorial en juicio de identidad.
Don Álvaro Tarfe certificó que este Don Quijote no era el falso porque Cervantes sabía que a veces la mejor manera de desautorizar una impostura es obligarla a presentarse como testigo de que no conoce al verdadero.