Ideas científicas contraintuitivas
Un pez encuentra comida enterrada saboreando el fondo con sus patas
El pez gallina del norte camina sobre seis radios de sus aletas y, en algunas especies, esos apéndices llevan papilas y neuronas sensibles a sustancias de alimento. La comparación entre especies muestra cómo una estructura para moverse pudo adquirir después una segunda función sensorial.

Prionotus carolinus, pez gallina del norte cuyos radios pectorales libres combinan locomoción y detección química del alimento. La fotografía no muestra el ensayo con comida enterrada.
El pez gallina del norte parece haber mezclado piezas de varios animales. Nada cerca del fondo con grandes aletas que recuerdan alas, emite gruñidos y despliega seis apéndices finos bajo el cuerpo. Esos apéndices no son patas en el sentido anatómico de un tetrápodo: son radios de las aletas pectorales que se separaron de la membrana, ganaron musculatura y adquirieron control nervioso propio. Aun así, el pez los usa para caminar por la arena.
La sorpresa es que caminar no agota su función. En experimentos con Prionotus carolinus, los investigadores enterraron mejillones, cápsulas con extracto de mejillón y cápsulas con agua de mar. Los peces localizaron los mejillones y el extracto, pero no respondieron del mismo modo a las cápsulas de control. Cuando el alimento quedaba a mayor profundidad, les costaba más encontrarlo, un patrón compatible con la detección de sustancias que se difunden desde la presa.
Las grabaciones nerviosas reforzaron esa interpretación. Los nervios de los apéndices respondieron a moléculas relacionadas con alimento, incluidos aminoácidos. Además, la superficie de esas “patas” estaba cubierta por pequeñas papilas. En ellas aparecían receptores y tipos celulares relacionados con la maquinaria del gusto. El conjunto combina sensibilidad química y contacto físico, de modo que el pez puede explorar un fondo donde la vista sirve de poco.
Decir que el animal «saborea con las patas» es una abreviatura útil, no una descripción de su experiencia subjetiva. El experimento muestra que emplea componentes moleculares y neurales asociados a la detección química del alimento. No demuestra que la sensación sea equivalente al sabor que una persona percibe en la lengua. La comparación señala una reutilización biológica: piezas sensoriales conocidas fueron instaladas en otro lugar y puestas al servicio de otra conducta.
Un error de suministro permitió comprobar que no todos los peces gallina poseen la misma combinación. Al laboratorio llegaron ejemplares de Prionotus evolans. También tenían radios libres con los que podían desplazarse, pero no excavaban ni encontraban con igual eficacia la comida enterrada. Sus apéndices carecían de las papilas visibles en P. carolinus y sus nervios no respondían al mismo repertorio de sustancias alimentarias.
Ese contraste separó dos innovaciones que a primera vista parecían inseparables. Los radios transformados permiten caminar en ambas especies. La especialización química y excavadora, en cambio, aparece solo en algunas ramas del grupo. La comparación evolutiva sugiere que primero surgieron apéndices útiles para la locomoción y que, más tarde, ciertas especies añadieron papilas y sensibilidad química.
La secuencia importa porque la evolución rara vez diseña una estructura completa desde cero. Trabaja sobre piezas que ya existen. Un radio de aleta puede liberarse de la membrana, reforzarse, adquirir músculos y convertirse en apoyo móvil. Después, cambios adicionales pueden aumentar la superficie sensorial, modificar la inervación y conectar el movimiento con señales químicas del entorno.