Ideas científicas contraintuitivas
Un pez arquero distingue una cara humana entre otras cuarenta y cuatro
Ocho peces arqueros participaron en dos experimentos de elección visual. Aprendieron a escupir agua hacia una imagen y mantuvieron la discriminación frente a 44 rostros nuevos o frente a 18 rostros sin color, brillo ni contorno distintivos. La prueba usa fotografías frontales estáticas, no reconocimiento personal cotidiano.
Sobre el acuario había una pantalla. En ella aparecían dos rostros humanos. El pez arquero no podía pulsar un botón ni señalar con una aleta, pero tenía una respuesta mucho más precisa: disparaba un chorro de agua. Si alcanzaba la imagen correcta, recibía una bolita de alimento.
En libertad, los peces arqueros usan ese chorro para derribar insectos situados sobre ramas y hojas. Su puntería permitió transformar una elección visual en una conducta inequívoca. Los investigadores aprovecharon esa capacidad para plantear una pregunta sobre el cerebro: ¿hace falta una corteza especializada en rostros para distinguir caras humanas muy parecidas entre sí?
El primer experimento utilizó cuatro peces. Cada uno aprendió a diferenciar dos imágenes frontales: una asociada con recompensa y otra que debía evitar. Los estímulos aparecían en una pantalla horizontal situada sobre el agua. Un impacto correcto producía comida; un disparo a la imagen incorrecta terminaba el ensayo.
Los cuatro animales alcanzaron el criterio de aprendizaje en un número muy desigual de sesiones: dos peces necesitaron doce y catorce, mientras que los otros lo consiguieron en tres y dos. Después, la tarea se hizo más difícil. La cara que debían evitar se presentó frente a 44 rostros nuevos. El pez ya no podía limitarse a elegir una única imagen memorizada; tenía que mantener la distinción al cambiar continuamente la alternativa.
La proporción media de elecciones correctas varió entre bloques: aproximadamente 65 %, 73 %, 67 % y 82 %. El modelo estadístico indicó que la discriminación estaba por encima del azar. La muestra, sin embargo, seguía siendo de solo cuatro individuos, y no todos completaron el mismo número de bloques.
El segundo experimento buscó eliminar atajos visuales. Otros cuatro peces vieron dieciocho rostros convertidos a escala de grises. Un óvalo idéntico ocultaba el contorno de la cabeza y el brillo medio de todas las imágenes se normalizó. Así, el color, la luminosidad general y la silueta exterior dejaban de ser pistas útiles.
Los cuatro peces aprendieron la nueva tarea y alcanzaron el criterio tras entre siete y diecisiete sesiones. En los cuatro bloques de prueba, las medias fueron de aproximadamente 74 %, 70 %, 78 % y 86 %. Los resultados volvieron a superar el nivel esperado por elección aleatoria. Durante ambos experimentos, los máximos individuales se situaron entre el 77 % y el 89 %.
La palabra «reconocer» puede confundir. Los peces no encontraron a una persona conocida en una multitud, ni identificaron una cara bajo cambios de expresión, iluminación, edad o ángulo. Las imágenes eran vistas frontales y estáticas, creadas a partir de modelos tridimensionales. La prueba demuestra que aprendieron una discriminación fina entre patrones faciales bajo condiciones controladas.
Tampoco sabemos qué partes del rostro utilizó cada individuo. Algunos aprendieron en pocas sesiones y otros necesitaron cientos de ensayos. Podían apoyarse en combinaciones distintas de ojos, nariz, boca, distancias internas o pequeñas marcas. El estudio no demuestra que procesaran las caras de la misma manera que un ser humano.
Su importancia es más general. Los peces teleósteos no poseen un neocórtex como el de los mamíferos, y el pez arquero no ha evolucionado para resolver el problema específico de distinguir retratos humanos. Aun así, un sistema visual construido para localizar presas pequeñas sobre fondos complejos pudo reutilizarse para una tarea artificial de gran precisión.
La cara humana deja así de ser un objeto que solo puede separar un cerebro parecido al nuestro. El pez no necesita saber quién aparece en la pantalla. Le basta con detectar una configuración visual, conservarla entre decenas de alternativas y convertir una diferencia de pocos píxeles en un disparo de agua.
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