Ideas científicas contraintuitivas
Un abejorro aprende de otro una tarea que no resuelve solo
En una caja de dos pasos, ningún abejorro de los controles alcanzó el premio, pero cinco observadores aprendieron la secuencia siguiendo a una demostradora. El resultado amplía el alcance del aprendizaje social sin convertirlo en una prueba absoluta de cultura acumulativa.

Figura 1 del estudio: caja de dos pasos, escenario experimental y secuencias posibles que los abejorros debían aprender observando a otro individuo.
Una abeja llega a una caja transparente con una gota de agua azucarada atrapada bajo una tapa. El premio está a la vista, pero no basta con empujar hacia él. Primero debe apartar una lengüeta azul que bloquea una lengüeta roja. Solo después puede mover la roja, girar la tapa y alcanzar el azúcar. La primera acción no ofrece recompensa inmediata y, además, obliga al animal a alejarse momentáneamente del objetivo visible.
Esa separación entre acción y premio era el centro del experimento. Los abejorros de tierra, Bombus terrestris, ya habían demostrado que podían aprender tareas simples, incluso observando a otros. La pregunta nueva era más exigente: ¿podría un individuo adquirir socialmente una secuencia que los abejorros sin demostrador no lograban descubrir por ensayo y error?
Los controles fueron prolongados. Dos colonias estuvieron expuestas a cajas cerradas durante un total de 36 horas repartidas en doce días. Una tercera acumuló 72 horas a lo largo de veinticuatro días. Los animales seguían visitando las cajas abiertas durante el entrenamiento previo, de modo que conservaban la motivación por el azúcar. Sin embargo, ninguna caja de dos pasos fue abierta en esas sesiones sin demostrador. Una abeja llegó a desplazar por completo la lengüeta azul una vez, pero no continuó la secuencia ni repitió la acción.
Entrenar a las demostradoras tampoco fue sencillo. Aprendían con facilidad a empujar la pieza roja, directamente asociada con el premio, pero ignoraban la azul. Los investigadores tuvieron que colocar temporalmente una segunda recompensa bajo esa primera lengüeta y retirarla poco a poco. Al terminar el entrenamiento, las demostradoras ejecutaban ambos pasos aunque ya solo recibían azúcar al final.
Después se formaron parejas. Cada abejorro sin experiencia compartía sesiones de alimentación con una demostradora entrenada. Quince observadores participaron en esta fase. Cinco acabaron superando la prueba y abrieron la caja solos. Nunca habían recibido una recompensa por mover la lengüeta azul, ni habían practicado previamente una versión de un solo paso. Habían visto la secuencia completa en otro individuo.
El resultado no fue uniforme. Las demostradoras resolvían la caja mediante dos técnicas. Algunas empujaban las piezas de forma escalonada: azul primero y roja después. Otras introducían la cabeza entre ambas y realizaban un movimiento continuo, como si comprimieran los dos pasos en una sola maniobra. Los cinco aprendices procedían del grupo que observó esta segunda técnica. Ninguno de los cinco observadores emparejados con demostradoras de movimientos escalonados aprendió la secuencia; en cambio, cinco de los diez que vieron la maniobra continua sí lo hicieron.
Ese detalle ayuda a explicar el mecanismo sin atribuir a los insectos una imitación humana. Al seguir muy de cerca a la demostradora, el observador podía quedar colocado en la misma posición y repetir físicamente el patrón continuo. La conducta social quizá redujo una secuencia difícil de asociar con la recompensa a una unidad motora más compacta. Ver a otra abeja no transmitió una explicación abstracta, pero sí reorganizó qué movimientos resultaban disponibles y relevantes.