Filosofía práctica
Roque confiesa que la venganza derribó sus buenas inclinaciones y encadenó pecados ajenos a los suyos
Confiesa que un agravio, la venganza y una cadena de culpas lo han metido en un laberinto moral. Sabe que empezó con una herida y acabó sumando pecados propios y ajenos hasta quedar atrapado en la vida que lleva.

Ilustración pública verificada para el capítulo 60 de la Segunda Parte de Don Quijote, asignada a «Roque sabía que un agravio lo había encerrado en un laberinto».
Roque Guinart no se presenta solo como bandolero orgulloso.
Confiesa que un agravio, la venganza y una cadena de culpas lo han metido en un laberinto moral. Sabe que empezó con una herida y acabó sumando pecados propios y ajenos hasta quedar atrapado en la vida que lleva.
La idea central está ahí: el bandolero más peligroso del tramo entiende su propia enfermedad moral.
Cervantes no lo absuelve, pero lo vuelve inteligible. Roque no es simple monstruo ni romántico puro. Tiene conciencia de caída. Reconoce que sus inclinaciones pudieron haber sido mejores y que la venganza las torció.
La palabra laberinto resume muy bien su estado. No se trata solo de haber cometido un delito aislado, sino de haber entrado en una estructura donde cada acto exige otro. La violencia crea dependencia de más violencia. El agravio inicial se convierte en carrera.
Eso lo hace más trágico que un ladrón plano. Roque ve el daño, pero no sale de él. Su lucidez no basta para liberarlo. Entender la propia ruina no equivale a deshacerla.
La escena abre una zona moral compleja: hay hombres que saben que están perdidos y aun así siguen mandando dentro de su pérdida.
Roque sabía que un agravio lo había encerrado en un laberinto porque Cervantes sabía que la venganza rara vez termina reparando una herida; más a menudo fabrica una vida entera alrededor de ella.