Antropología y cultura
En Lilliput, los padres solo podían ver a sus hijos dos horas al año
Las guarderías públicas recibían a los niños desde las veinte lunas, separaban su formación por rango y sexo y reducían la presencia familiar a dos visitas vigiladas al año.

Ilustración de apertura del capítulo VI, dedicado a las leyes, costumbres y educación de Lilliput. Contextualiza la institución de las guarderías públicas, pero no representa necesariamente una visita de padres a sus hijos.
El capítulo sexto de Lilliput abandona por un momento las conspiraciones de palacio y describe una institución más íntima: quién debe criar a los niños. La respuesta de los liliputienses es radical. Según Gulliver, los padres son las últimas personas a quienes debería confiarse la educación de sus propios hijos.
La conclusión parte de una teoría deliberadamente fría sobre el nacimiento. Hombres y mujeres se unen por el impulso natural de propagar la especie. El afecto hacia las crías procede del mismo principio animal. Por eso, razonan, un hijo no debe gratitud especial al padre por engendrarlo ni a la madre por traerlo al mundo: ninguno actuó durante el encuentro pensando en concederle un beneficio.
Desde esa premisa, la ternura familiar deja de ser una credencial educativa. Los padres aparecen como interesados, indulgentes y poco fiables. La comunidad, en cambio, se presenta como capaz de formar al niño según fines más estables que el afecto privado.
Cada ciudad dispone de guarderías públicas. Los padres —salvo campesinos pobres y trabajadores— deben enviar allí a sus hijos e hijas cuando alcanzan veinte lunas, edad en la que se supone que ya poseen algunos rudimentos de docilidad. El traslado no es una ayuda opcional para familias que la necesiten. Es la regla para casi todas las clases situadas por encima del trabajo rural más humilde.
Las guarderías no forman una única escuela común. Se dividen según rango social y sexo. Profesores especializados preparan a cada niño para la condición de vida correspondiente a la posición de sus padres, a sus capacidades y a sus inclinaciones. La institución retira la educación de la casa, pero no elimina la jerarquía heredada: la organiza y la reproduce de manera profesional.
Los varones de nacimiento noble o eminente reciben ropa y comida sencillas. Aprenden honor, justicia, valentía, modestia, clemencia, religión y amor al país. Permanecen ocupados casi todo el tiempo, salvo durante las comidas, el sueño y dos horas de ejercicio corporal. A los cuatro años deben vestirse solos, por alta que sea su condición.
También se evita su contacto informal con los sirvientes. Los niños se divierten en grupos y bajo la mirada de un profesor o ayudante. El objetivo declarado es impedir que reciban tempranas impresiones de necedad y vicio. La educación no solo transmite contenidos; controla quién puede hablar con el menor y en qué circunstancias.
La presencia de los padres queda reducida a una ceremonia. Pueden visitar a sus hijos dos veces al año. Cada visita dura una hora. Se les permite besar al niño al llegar y al marcharse, pero un profesor permanece presente. No pueden susurrar, acariciar con exceso ni llevar juguetes, dulces u otros regalos.
Dos visitas de una hora producen una cifra especialmente reveladora: el sistema concede a la familia dos horas anuales de contacto autorizado. Incluso ese tiempo está vigilado para que el afecto no interfiera con la formación institucional. La caricia, el secreto y el regalo son tratados como posibles vías de corrupción.
