Rituales y sociedad
Una discusión sobre objetos desató una batalla en toda la venta
La disputa por la bacía y la albarda arrastró a cuadrilleros, criados, huéspedes y trabajadores de la venta hasta convertir el espacio común en un caos de alianzas.

La disputa por la bacía y la albarda arrastra a toda la venta a una pelea coral que Don Quijote compara con el campo de Agramante; Gustave Doré, 1863.
La burla sobre la bacía y la albarda deja de ser un juego cuando uno de los cuadrilleros afirma con cólera que la pieza es una albarda. Don Quijote lo llama mentiroso y descarga el lanzón contra él. El golpe falla, pero el arma se rompe y los compañeros del cuadrillero piden auxilio a la Santa Hermandad. Una discusión sobre nombres produce así una amenaza física y activa identidades institucionales.
A partir de ese momento, cada persona entra por un motivo diferente. El ventero se arma y se une a los cuadrilleros; los criados rodean a don Luis para impedir que escape; el barbero recupera la albarda y Sancho se aferra a ella; Don Quijote arremete con la espada; don Fernando y Cardenio lo apoyan. Las mujeres gritan, lloran, se confunden o se desmayan. Ya no existe una sola disputa, sino varios conflictos simultáneos que se alimentan entre sí.
La narración enumera golpes, patadas, palos, cuchilladas y sangre. Cada participante entiende una parte del problema y defiende una lealtad local. Don Quijote es quien consigue una pausa al gritar que todos envainen. Interpreta el caos como la discordia del campo de Agramante: unos pelean por una espada, otros por un caballo, un águila o un yelmo, y nadie se entiende. Su marco es fantástico, pero su diagnóstico de la descoordinación resulta reconocible para los presentes.
La paz llega mediante el oidor y el cura, no porque se resuelva qué eran los objetos. La bacía continúa siendo yelmo dentro de la broma y la albarda queda declarada jaez. El conflicto se detiene cuando las personas aceptan dejar en suspenso las causas que lo iniciaron. Cervantes presenta la venta como un sistema frágil: basta que una disputa atraiga oficios, jerarquías, afectos y agravios anteriores para que el espacio compartido deje de tener una autoridad común.