Psicología y cognición
Tras la aventura del retablo, Don Quijote critica los agüeros sin razón natural
Don Quijote, tan propenso a leer signos de más, sabe rechazar algunos signos falsos.

Ilustración pública incluida en el capítulo 58 de la Segunda Parte de Don Quijote. Se asigna a «Don Quijote explicó que la sal derramada no gobierna el destino» porque pertenece al mismo capítulo.
Don Quijote, tan propenso a leer signos de más, sabe rechazar algunos signos falsos.
Critica los agüeros que no tienen razón natural: la sal derramada, los accidentes mínimos, las señales que algunos convierten en destino. No todo detalle merece mandar sobre la acción.
La idea central está ahí: la discreción consiste en impedir que una minucia secuestre la voluntad.
Cervantes permite que Don Quijote sea lúcido en un terreno donde esperaríamos superstición. El mismo hombre que ve encantadores en molinos y gatos sabe, sin embargo, distinguir entre prudencia y agüero absurdo. La novela vuelve a negarse a reducirlo a caricatura simple.
Su razonamiento es notable. Si no hay conexión natural ni moral entre el signo y el hecho, obedecer al presagio es entregar el juicio a la casualidad. La vida queda gobernada por migas, sal, tropiezos y coincidencias.
La crítica vale más porque viene de Don Quijote. Él no es enemigo de lo invisible ni de lo maravilloso. Pero incluso su imaginación necesita ciertos límites. No toda rareza tiene autoridad para dirigir una decisión.
La escena muestra una forma práctica de libertad mental: seguir adelante sin dejar que el miedo invente leyes donde solo hubo accidente.
Don Quijote explicó que la sal derramada no gobierna el destino porque Cervantes sabía que la verdadera discreción no consiste en no ver señales, sino en saber cuáles no merecen obediencia.