Psicología y cognición
Al volver, interpreta palabras casuales como señales sobre Dulcinea y su suerte
Oye frases casuales y las interpreta como presagios sobre Dulcinea y su suerte. El desengaño avanza, pero no de golpe. Aún busca destino en migajas de lenguaje.

La lámina abre el capítulo 73, donde Don Quijote convierte las palabras de unos niños y la persecución de una liebre en presagios sobre Dulcinea.
Don Quijote vuelve a su aldea, pero todavía no ha dejado de leer signos.
Oye frases casuales y las interpreta como presagios sobre Dulcinea y su suerte. El desengaño avanza, pero no de golpe. Aún busca destino en migajas de lenguaje.
La idea central está ahí: una mente que vivió interpretando el mundo no deja de hacerlo al cruzar la entrada de casa.
Cervantes muestra la persistencia de la costumbre imaginativa. La derrota de Barcelona, el regreso y el cansancio han cambiado mucho, pero Don Quijote sigue atento a coincidencias verbales. El lenguaje accidental todavía puede parecerle mensaje.
La escena es triste y delicada. No estamos ya ante la energía expansiva de los primeros capítulos, donde todo se transformaba en aventura. Estamos ante restos de ese impulso: pequeñas señales y presagios que brotan de lo cotidiano.
El camino hacia la cordura no borra de inmediato el hábito de dotar al mundo de sentido secreto. Esa forma de mirar ha sido su vida. Soltarla requiere más que volver físicamente al lugar de origen.
La aldea no desactiva de golpe la imaginación. Solo la encierra en un espacio más pequeño.
Don Quijote entró en su aldea leyendo presagios en frases casuales porque Cervantes sabía que quien ha vivido mucho tiempo dentro de una interpretación no sale de ella de una vez: primero la ve encogerse en señales cada vez más pequeñas.