Ideas científicas contraintuitivas
Algunos pulpos arrojan barro y conchas hacia otros pulpos
Grabaciones de pulpos sombríos registraron 102 lanzamientos de conchas, limo y algas; diecisiete golpearon a otro individuo. La intensidad, la trayectoria y el contexto sugieren que algunos fueron dirigidos, aunque el estudio no atribuye intención a cada impacto.
En el fondo arenoso de la bahía de Jervis, en Australia, un pulpo reúne conchas, limo o algas bajo el cuerpo. Después coloca el sifón —el tubo muscular que normalmente expulsa agua para respirar o desplazarse— bajo la membrana de los brazos y lanza un chorro. El material sale despedido varios centímetros o incluso más lejos. A veces solo limpia la entrada de su guarida. Otras veces, otro pulpo se encuentra en la trayectoria.
Los investigadores llamaron «lanzamientos» a estas acciones porque el animal selecciona material, lo reúne y lo impulsa de manera dirigida. El movimiento no se parece al lanzamiento humano con una extremidad: la fuerza procede del agua expulsada por el sifón y los brazos forman una especie de plataforma que encauza los restos. La definición describe una mecánica, no presupone todavía una intención agresiva.
El estudio analizó grabaciones submarinas de pulpos sombríos, Octopus tetricus, obtenidas durante varios años en un lugar donde numerosos individuos ocupan guaridas muy próximas. En el conjunto principal de 2015 se registraron 102 lanzamientos durante algo más de veintiuna horas de vídeo. El sitio es inusual por su elevada densidad, de modo que ofrece muchas interacciones, pero no representa necesariamente cómo se comporta la especie en todos sus hábitats.
Los materiales y el contexto variaban. Aproximadamente el 53 % de los lanzamientos ocurrió durante interacciones con otros pulpos o en situaciones que combinaban interacción y mantenimiento de la guarida. Cerca del 32 % se relacionó únicamente con la limpieza del refugio. Los restantes aparecieron después de comer o sin un contexto claro. Las conchas fueron el material más frecuente en general; durante las interacciones sociales apareció proporcionalmente más limo, mientras que la limpieza de la guarida produjo más lanzamientos de conchas.
Diecisiete lanzamientos golpearon a otro pulpo. Eso equivalía a un tercio de los realizados en contextos interactivos o mixtos. Dos más alcanzaron peces. Un impacto aislado podría ser accidental, especialmente en un espacio concurrido. Por eso el argumento no depende solo de contar golpes, sino de comparar cómo se efectuaron los lanzamientos que acertaron y los que no.
Los lanzamientos de alta intensidad alcanzaron a otro pulpo en siete de diecinueve casos, alrededor del 37 %. Los de intensidad media lo hicieron en seis de treinta y cuatro, y los suaves en cuatro de cuarenta y ocho. El vigor por sí mismo no demuestra puntería: un chorro más fuerte cubre más distancia y puede acertar con mayor facilidad. Pero otros cambios también importaban.
La salida habitual del material estaba entre los dos brazos delanteros. En catorce lanzamientos evaluables, el pulpo utilizó una abertura lateral o una posición distinta. Seis de esos catorce golpearon a otro individuo, frente a once impactos en ochenta y cuatro lanzamientos frontales. En algunos casos, el animal también modificó ligeramente la orientación del cuerpo. La combinación de contexto social, intensidad y elección de una trayectoria menos común llevó a los autores a concluir que al menos algunos lanzamientos mostraban cierto grado de direccionamiento.
Las hembras realizaron la gran mayoría de los lanzamientos registrados. Dos secuencias son especialmente llamativas. En una hora, una hembra lanzó material diecisiete veces y acertó nueve. En otra observación, una hembra arrojó restos diez veces durante varias horas; cinco impactos alcanzaron a un macho que intentaba aparearse con ella. El patrón resulta compatible con una función de rechazo o defensa del espacio, aunque una narración humana como «se enfadó y le tiró barro» excedería lo que permite saber el vídeo.
Los receptores tampoco eran objetos pasivos. En algunas ocasiones se apartaban, agachaban el cuerpo, levantaban brazos o interrumpían el movimiento cuando veían venir el material. Hubo incluso aparentes preparaciones de lanzamiento que no culminaron en un chorro, comparables a una advertencia, aunque el número de casos era pequeño.
El estudio es observacional. No podía controlar qué pulpo estaba exactamente detrás de cada trayectoria, ni preguntar qué resultado pretendía el animal. Tampoco todo lanzamiento social acertó ni todo impacto tuvo que ser intencional. Los autores hablan de evidencia colectiva de direccionamiento, no de una prueba de que cada proyectil fuera apuntado deliberadamente.
La escena cambia, aun así, nuestra imagen de un pulpo solitario dedicado únicamente a esconderse y cazar. En un lugar donde las guaridas están juntas, los restos del fondo sirven para construir, limpiar y quizá negociar distancia. El mismo chorro de agua que mueve al animal puede modificar su entorno o afectar a un vecino. Un puñado de conchas y barro se convierte así en parte de la vida social: no porque los pulpos lancen como nosotros, sino porque adaptan una herramienta corporal a problemas que aparecen cuando otros cuerpos están demasiado cerca.
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