Filosofía y pensamiento

Sancho habló de la muerte como un predicador sin púlpito

Sancho describe la muerte como hambre que siega a todos, ricos y pobres, y Don Quijote admite que podría decirlo un buen predicador.

7 de julio de 20263 min de lecturaRevisión editorial superada

Sancho, en medio de la fiesta, se pone a hablar de la muerte.

La describe como una fuerza que no respeta diferencias: siega a todos, ricos y pobres, grandes y pequeños. Su discurso tiene tanta fuerza que Don Quijote admite que podría decirlo un buen predicador.

La Perla está ahí: Sancho puede pasar de los torreznos a la muerte sin dejar de ser profundo.

La escena es maravillosa porque rompe la idea de un Sancho solo comilón. Sí, está pendiente de la comida y del dinero, pero también tiene una sabiduría popular capaz de formular verdades últimas con imágenes claras.

La muerte aparece como hambre universal. Esa imagen encaja perfectamente en Sancho: todo lo piensa desde el cuerpo, la necesidad y la experiencia común. Si el hambre muerde a los vivos, la muerte devora a todos sin distinción.

Don Quijote reconoce la calidad del discurso porque entiende que ahí hay forma, gravedad y enseñanza. Sancho no habla como académico, pero alcanza una eficacia moral inmediata.

Cervantes le da así al escudero una grandeza inesperada. Su filosofía no sube por abstracciones, sino por comparaciones que cualquiera entiende. En su boca, la muerte se vuelve visible, casi física.

Sancho habló de la muerte como un predicador sin púlpito porque el camino también produce sermones. A veces la mejor teología popular nace entre una boda, una olla y una frase bien dicha.

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