Filosofía y pensamiento

El desengaño llegó cuando ya no quedaba tiempo para reparar

Alonso Quijano reconoce los disparates de la caballería, pero lamenta que el desengaño haya llegado tarde.

7 de julio de 20263 min de lecturaRevisión editorial superada

Alonso Quijano recupera la lucidez, pero no recupera el tiempo.

Reconoce los disparates de los libros de caballerías y se aparta de la identidad de Don Quijote. Sin embargo, sabe que el desengaño ha llegado tarde. La claridad final no borra la pérdida; la vuelve más consciente.

La Perla está ahí: entender demasiado tarde no repara lo vivido, solo permite mirarlo sin velo.

Cervantes evita un final simplemente consolador. La cordura de Alonso Quijano no es triunfo pleno. Llega junto a la enfermedad final, cuando ya no puede rehacer su vida desde esa lucidez. No hay segunda existencia cuerda, solo una despedida más clara.

Eso hace que el final duela. Durante la novela, la locura produjo comedia, daño, ternura, fama y aventura. Al final, el propio protagonista la nombra como error. Pero esa verdad no puede deshacer los caminos recorridos ni devolver el tiempo gastado.

La lucidez tiene un precio: permite reconocer que aquello que sostuvo una vida era falso. Y llega cuando ya no queda margen para construir otra cosa.

El desengaño no salva hacia adelante. Ordena hacia atrás.

El desengaño llegó cuando ya no quedaba tiempo para reparar porque Cervantes sabía que la verdad, cuando aparece al final, puede ser menos una liberación que una última forma de conciencia ante lo irremediable.

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