Dinero y confianza

Dulcinea encantada pidió un préstamo con prenda

En la visión de Montesinos, una doncella pide reales para Dulcinea ofreciendo un faldellín nuevo como garantía.

7 de julio de 20263 min de lecturaRevisión editorial superada
Sancho y el primo sacan a Don Quijote de la cueva de Montesinos y lo escuchan después.

Don Quijote vuelve de la cueva y empieza a relatar la visión de Dulcinea encantada.

Crédito
Gustave Doré, ilustración vía Project Gutenberg

En la cueva de Montesinos, Don Quijote no solo encuentra héroes antiguos y encantamientos solemnes.

También aparece una escena de economía doméstica: una doncella pide dinero para Dulcinea y ofrece como prenda un faldellín nuevo. La gran señora encantada entra, de pronto, en el mundo del préstamo y la garantía.

La Perla está ahí: Dulcinea, incluso encantada, necesita crédito.

La escena es cómica porque rebaja la altura del sueño. Don Quijote desciende a un espacio mítico, pero allí le salen al paso necesidades muy humanas: dinero, deuda, empeño, prenda. El encantamiento no elimina la economía; la incorpora.

Cervantes cruza así dos registros incompatibles. Por un lado, la épica subterránea de Montesinos. Por otro, la vida práctica de quien necesita reales y deja algo en garantía. La maravilla se contamina de contabilidad.

Dulcinea vuelve a perder distancia ideal. Ya había sido aldeana, moza, figura fabricada por Sancho y dama encantada. Ahora aparece asociada a una petición de préstamo. La imaginación caballeresca no puede impedir que lo cotidiano entre por la puerta de servicio.

El faldellín como prenda importa porque concreta el intercambio. No es símbolo abstracto: es objeto, valor, garantía. La ficción toca la economía material.

Dulcinea encantada pidió un préstamo con prenda porque Cervantes sabía que incluso los mundos más altos se vuelven más verdaderos cuando aparece una pequeña deuda.

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