Dinero y confianza
Don Quijote quiso cobrar quinientos azotes antes del viaje
Antes de subir a Clavileño, Don Quijote intenta que Sancho adelante parte de los tres mil trescientos azotes de Dulcinea.
Antes del vuelo, Don Quijote vuelve a la cuenta pendiente.
Sancho debe tres mil trescientos azotes para desencantar a Dulcinea, y el caballero intenta que adelante quinientos. La penitencia se administra como deuda: hay cifra total, pago parcial y presión del acreedor moral.
La Perla está ahí: el cuerpo de Sancho se convierte en cuenta corriente de la fantasía de Don Quijote.
Cervantes hace que la comedia pase por números. No se trata solo de sufrir en abstracto, sino de descontar golpes. Quinientos ahora, el resto después. La salvación de Dulcinea se fragmenta como si pudiera llevarse en una contabilidad de dolor.
La escena es grotesca porque el deudor no debe dinero, sino piel. Don Quijote piensa en el cumplimiento de una condición mágica; Sancho piensa en la experiencia concreta de cada azote. Uno suma hacia el desencanto, el otro resta bienestar.
Esa diferencia vuelve a revelar la injusticia práctica del episodio. La aventura del amo exige cuotas del cuerpo del escudero. El ideal se financia con dolor ajeno.
Incluso antes de montar a Clavileño, Sancho ya carga otro viaje: el de una deuda que no eligió del todo.
Don Quijote quiso cobrar quinientos azotes antes del viaje porque Cervantes sabía que las grandes causas suelen volverse más sospechosas cuando empiezan a pedir anticipos sobre la carne de otros.
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