Filosofía práctica
Marcela no debía amor por ser amada
En el entierro de Grisóstomo, Marcela desmonta una premisa que los presentes habían aceptado: que recibir amor obliga a devolverlo.

Marcela rechaza que su belleza la obligue a corresponder al amor ajeno durante el funeral de Grisóstomo; Gustave Doré, 1863.
Marcela aparece junto a la peña donde van a enterrar a Grisóstomo cuando casi todos ya han pronunciado juicio sobre ella. Los pastores la consideran hermosa, esquiva y responsable de la muerte del joven. Su discurso comienza, por tanto, ante un público que confunde el dolor de quien ama con una obligación de quien es amado.
Ella responde ordenando la discusión. Admite que el cielo le dio hermosura y que esa hermosura despierta amor. Niega, sin embargo, el paso siguiente: que de ser amada se derive el deber de amar. La naturaleza puede producir atracción en otro, pero no puede fabricar en ella una voluntad correspondiente.
Marcela formula el argumento mediante una comparación sencilla. Así como no todo lo hermoso es amado por todos, tampoco toda persona que ama merece ser correspondida. La belleza puede atraer la mirada; no concede un derecho sobre la elección ajena. El deseo pertenece a quien lo siente y no se transforma, por su intensidad, en deuda de la persona deseada.
Esta precisión cambia la lectura de Grisóstomo. Su sufrimiento es real, pero no demuestra una falta de Marcela. Haber padecido por una negativa no convierte la negativa en injusticia. El relato permite distinguir entre compadecer a quien sufre y declarar culpable a quien no quiso corresponderle.
Marcela añade que nunca ofreció esperanza. No engañó, no prometió matrimonio ni utilizó a los pretendientes para obtener beneficio. Su conducta pública consistió en rechazar propuestas y conservar la forma de vida que había escogido. La acusación de crueldad depende entonces de una expectativa que ella nunca aceptó.
El discurso tampoco sostiene que las personas no deban responder por el daño que causan. Marcela se defiende precisamente examinando su conducta: pregunta qué promesa incumplió y qué obligación contrajo. Su conclusión no es que toda voluntad individual esté libre de límites, sino que el amor no puede imponerse sin un acto propio que lo comprometa.
Don Quijote entiende la diferencia mejor que los pastores. Cuando algunos intentan seguirla tras su retirada, se interpone y declara que Marcela ha mostrado con razones claras que tiene poca o ninguna culpa en la muerte de Grisóstomo. La escena no termina con una reconciliación sentimental, sino con la protección de su derecho a marcharse.
La fuerza del pasaje está en negar una contabilidad afectiva muy antigua: no basta con haber amado mucho para convertirse en acreedor. Grisóstomo puede ser digno de compasión; Marcela no queda por ello obligada a entregar una voluntad que nunca prometió.