Medicina e higiene
La enfermedad final trae un sueño largo y, al despertar, la renuncia a las sombras de los libros de caballerías
Alonso Quijano duerme largo y despierta con el juicio recobrado. Donde antes la falta de sueño alimentó la lectura desordenada y la fantasía caballeresca, ahora el descanso abre paso a la renuncia.

Ilustración del capítulo 74 de la Segunda Parte del Quijote, usada para un artículo sobre la cordura final de Alonso Quijano.
La novela que empezó con noches mal dormidas termina con un sueño decisivo.
Alonso Quijano duerme largo y despierta con el juicio recobrado. Donde antes la falta de sueño alimentó la lectura desordenada y la fantasía caballeresca, ahora el descanso abre paso a la renuncia.
La idea central está ahí: el cuerpo dormido hace lo que tantos discursos no habían logrado.
Cervantes no presenta la cordura final como simple argumento racional. Llega a través de enfermedad, cama, sueño y despertar. El cuerpo, que tantas veces sufrió golpes, hambre, cansancio y caminos, interviene por última vez en la vida mental del personaje.
El contraste con el inicio es hermoso y duro. Don Quijote nació, en parte, de leer demasiado y dormir poco. Alonso Quijano vuelve cuando el sueño corta esa fiebre de interpretación. La claridad aparece no como triunfo heroico, sino como cansancio llevado hasta el límite.
Dormir no salva su vida, pero cambia su mirada antes de morir. Le permite rechazar las sombras de los libros que lo gobernaron.
El sueño funciona como frontera entre Don Quijote y Alonso Quijano.
Alonso Quijano recuperó el juicio después de dormir seis horas porque Cervantes sabía que algunas imaginaciones no se desmontan solo corrigiendo ideas, sino cuando el cuerpo por fin se detiene y deja de alimentar el delirio.