Medicina e higiene

Sancho obtuvo permiso para quejarse del dolor

Don Quijote dice que el caballero no debe quejarse; Sancho pregunta si esa regla también obliga al escudero.

7 de julio de 20263 min de lecturaRevisión editorial superada
Sancho se acerca a Don Quijote caído después del golpe de los molinos.

Sancho auxilia a Don Quijote tras la caída de los molinos en el capítulo VIII.

Crédito
Gustave Doré, ilustración vía Project Gutenberg

Después del golpe de los molinos, Don Quijote intenta salvar la dignidad caballeresca con una regla: los caballeros andantes no deben quejarse del dolor.

Sancho escucha y hace una pregunta práctica: ¿esa norma también obliga a los escuderos? La escena es pequeña, pero ilumina toda la pareja. Don Quijote convierte el sufrimiento en código de honor. Sancho necesita saber si puede quejarse cuando le duela.

La Perla está ahí: la grandeza suele redactar reglas sobre el dolor que luego otros cuerpos tienen que cumplir.

Don Quijote quiere estar a la altura de los libros. Si un caballero recibe golpes, debe soportarlos sin lamento. El dolor se convierte en prueba de identidad. Quejarse sería rebajar el papel. La herida no se interpreta como señal de límite, sino como ocasión para demostrar nobleza.

Sancho introduce otra lógica. No discute la regla en abstracto. Pregunta por su alcance. Si la norma pertenece solo al caballero, quizá el escudero conserve el derecho a lamentarse. Su pregunta no es cobarde; es jurídica, corporal y sensata. Quiere saber qué contrato ha firmado con el dolor.

Cervantes vuelve a bajar la épica al terreno del cuerpo. Las reglas heroicas suenan bien hasta que alguien pregunta quién puede gemir. Don Quijote habla desde un ideal de resistencia; Sancho desde la experiencia anticipada de los golpes.

Esta diferencia será central. Para Don Quijote, sufrir sin queja confirma la aventura. Para Sancho, el dolor sigue siendo dolor. No se vuelve noble por estar dentro de un relato ajeno. Y esa resistencia de Sancho impide que la novela se convierta en sermón heroico.

La escena también habla de jerarquía. El amo puede imponer un ideal, pero el escudero será quien muchas veces pague el coste físico de acompañarlo. Sancho quiere conservar al menos una libertad mínima: la de quejarse. Si no puede evitar los golpes, quiere poder nombrarlos.

Eso es más profundo de lo que parece. Quejarse no cura, pero reconoce. Decir “me duele” impide que el dolor quede absorbido del todo por la retórica de otro. Sancho reclama el derecho a no convertir cada sufrimiento en gloria.

Cervantes no niega que exista valor en resistir. Pero desconfía de las reglas que convierten el silencio del dolor en virtud obligatoria. Sancho recuerda que el cuerpo tiene voz, y que esa voz no siempre debe callarse para sostener una imagen elevada.

En medio de gigantes, molinos y encantadores, la pregunta del escudero es una de las más humanas: cuando empiecen los golpes, ¿puedo quejarme?

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