Medicina e higiene
Sancho juzgaba con hambre, pero no con codicia
Sancho pasa hambre por las dietas del doctor Recio y aun así dicta sentencias celebradas por quienes lo observan.
Sancho gobierna bajo una prueba que no aparece en los manuales: hambre administrada.
El doctor Recio controla sus platos y convierte la mesa en tormento. Aun así, Sancho dicta sentencias que sorprenden a quienes lo observan. Su juicio funciona sin comodidad, pero no por ambición ni codicia.
La Perla está ahí: la lucidez de Sancho resiste desde un cuerpo mal alimentado.
Cervantes no lo presenta como sabio abstracto. Sancho piensa con tripas, sueño, deseo de comer y cansancio. Precisamente por eso sus aciertos importan. No juzga desde una torre pura, sino desde una experiencia corporal presionada.
La burla de Barataria quiere probarlo y divertirse con él. Le ofrecen gobierno, pero le niegan la comida. Lo sientan en la silla de juez mientras lo reducen en la mesa. Sin embargo, su sentido práctico no se apaga del todo.
La escena complica el elogio. Sancho no es perfecto ni refinado, pero tampoco se vende. Su hambre no se convierte en corrupción automática. Lo que desea con fuerza es comer, no saquear.
Ahí Cervantes distingue entre necesidad y codicia. Un hombre hambriento puede conservar juicio moral si no confunde alivio con abuso.
Sancho juzgaba con hambre, pero no con codicia porque Cervantes sabía que la virtud política no consiste en no tener cuerpo, sino en seguir haciendo justicia cuando el cuerpo está reclamando lo suyo.
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