Rituales y sociedad
El manuscrito que medía lo mismo que su dueño
En las tierras altas de Etiopía, algunos rollos protectores se cortaban a la altura de su dueño: el cuerpo determinaba la forma del manuscrito.
Rollo protector etíope de 192 centímetros, escrito en ge'ez y decorado con sellos, rostros y ojos. La imagen muestra el tipo de manuscrito corporal tratado en la Perla.
En el norte de Etiopía hubo manuscritos que no se diseñaban para caber en una estantería. Algunos se cortaban para que midieran aproximadamente lo mismo que la persona a la que debían proteger. La unidad de medida no era la página, el codo ni el formato del escriba: era el cuerpo del dueño.
Estos rollos, conocidos en amárico como yä bərana kətab, «escrito sobre piel», y en áreas de habla tigriña como tälsäm, formaban parte de prácticas de protección y curación. Los confeccionaban däbtäras, especialistas religiosos no ordenados que combinaban formación litúrgica, escritura, música e intervención ritual. El resultado era un objeto personal: pergamino, tinta, nombres, oraciones e imágenes reunidos para una persona concreta.
La medida importaba porque el rollo no se entendía solo como un recipiente de palabras. En la explicación recogida por el Metropolitan Museum, el animal cuya piel se convertía en pergamino sustituía simbólicamente al enfermo, y el rollo terminado sustituía su piel. Cuando el objeto se cortaba a la altura del cliente, ofrecía una protección imaginada de la cabeza a los pies. El manuscrito no describía al cuerpo desde fuera: construía una segunda superficie para él.
Eso cambia la idea habitual de libro. Un libro suele conservar un texto idéntico para muchos lectores. Estos rollos podían incluir el nombre del cliente, fórmulas escogidas según cálculos astrológicos y combinaciones particulares de oraciones e imágenes. No eran copias intercambiables de una obra, sino artefactos ajustados a una biografía, un temor y una anatomía.
El texto se escribía principalmente en ge'ez, antigua lengua semítica de Etiopía y lengua litúrgica de la Iglesia ortodoxa etíope. La tinta negra servía para la mayor parte de las oraciones; el rojo destacaba encabezamientos, nombres sagrados y, en ocasiones, el nombre del propietario añadido al final. Entre las fórmulas podían aparecer invocaciones cristianas, nombres divinos, plegarias contra el mal de ojo y relatos protectores.
Pero leer no bastaba. Las imágenes también actuaban. Los rollos alternaban escritura con ángeles, santos, cruces, rostros, ojos y diseños geométricos. Uno de los motivos más frecuentes era una figura de ocho puntas interpretada de varias maneras: como red de Salomón, rostro humano o ángel de ocho alas. No existe un diccionario fijo que permita traducir cada forma a un significado único. Su interpretación podía cambiar por región y por especialista.
Los ojos son especialmente importantes. Durante el ritual, el rollo se desplegaba, se recitaban oraciones y las imágenes se colocaban ante la persona. Dentro de ese sistema de creencias, los ojos pintados devolvían la mirada del afectado y contribuían a expulsar la presencia que causaba el mal. La imagen no ilustraba una historia ya completa: era una herramienta dentro del procedimiento.
La forma de guardar el rollo dependía de su función. Los ejemplares portátiles se enrollaban con fuerza, se introducían en estuches tubulares de cuero rojo y podían llevarse al cuello o al hombro. Los que superaban la altura de una persona se colgaban en una pared o frente a una puerta para proteger una casa. El Metropolitan conserva un ejemplar del siglo XIX de casi dos metros de largo que, por su tamaño y su iconografía, probablemente se exhibía en el hogar.