Rituales y sociedad

La aldea recibió a Don Quijote sin música de caballería

El regreso final junta ama, sobrina, cura, bachiller y vecinos, no gigantes ni ejércitos.

7 de julio de 20263 min de lecturaRevisión editorial superada

Don Quijote vuelve por fin al círculo que había intentado dejar atrás.

No lo reciben gigantes, ejércitos ni música de caballería. Lo reciben ama, sobrina, cura, bachiller y vecinos. La novela lo devuelve al espacio doméstico, al lugar común, a la red pequeña que existía antes de la aventura.

La Perla está ahí: el héroe regresa no al triunfo, sino a la casa que lo esperaba.

Cervantes baja el final a una escala íntima. Después de Barcelona, el mar, la imprenta, los duques, Roque y tantos escenarios, la aldea parece pequeña. Pero esa pequeñez es decisiva. Allí están quienes no lo leen como fama pública, sino como pariente, vecino o enfermo.

El regreso no borra lo vivido. Don Quijote vuelve cargado de derrotas, nombres, promesas incumplidas y cansancio. Pero la aldea reordena su identidad. Ya no es solo personaje famoso ni caballero vencido; vuelve a ser alguien reconocido por vínculos antiguos.

La aventura empezó saliendo de casa para transformar el mundo. Termina entrando de nuevo en casa, donde el mundo ya no necesita ser transformado para reclamarlo.

El círculo doméstico no es glorioso, pero sí final.

La aldea recibió a Don Quijote sin música de caballería porque Cervantes sabía que toda fantasía, por grande que sea, acaba midiéndose con el lugar común al que uno vuelve cuando ya no puede seguir representándose.

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