Lenguaje y símbolos

La discreción era gramática del buen lenguaje

El licenciado afirma que el lenguaje claro no depende de nacer en la corte, sino de la discreción y el uso.

7 de julio de 20263 min de lecturaRevisión editorial superada

En el camino hacia las bodas de Camacho, la conversación deriva hacia el modo de hablar.

El licenciado sostiene una idea muy fina: el buen lenguaje no depende simplemente de haber nacido en la corte. La claridad, la propiedad y la elegancia nacen de la discreción y del uso. Hablar bien no es cuestión de geografía, sino de juicio.

La Perla está ahí: la discreción funciona como gramática viva del lenguaje.

Cervantes rompe así un prejuicio social. No basta venir de un lugar prestigioso para hablar con acierto, ni nacer fuera de él condena a hablar mal. La lengua se educa en la atención, en el trato y en la capacidad de escoger lo conveniente.

La palabra discreción no significa solo prudencia callada. En el Siglo de Oro también señala discernimiento: saber distinguir, medir, adaptar. Quien habla con discreción entiende la situación, el interlocutor y el peso de las palabras.

Esta idea encaja con todo el Quijote. Sancho habla con refranes, Don Quijote con libros, los letrados con doctrina, los pastores con estilo literario y la gente común con voces de camino. Cervantes no jerarquiza siempre por origen, sino por eficacia expresiva.

El buen lenguaje es una forma de inteligencia práctica. Sirve para decir lo justo, no solo lo correcto. Por eso puede aparecer en un villano y faltar en un cortesano.

La discreción era gramática del buen lenguaje porque Cervantes sabía que hablar bien consiste menos en exhibir procedencia que en entender cuándo, cómo y para quién se habla.

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