Animales e inteligencia

El Toboso sonaba a perros, jumentos, puercos y gatos

La entrada nocturna al Toboso no ofrece palacios, sino una banda sonora de animales que Don Quijote interpreta como mal agüero.

7 de julio de 20263 min de lecturaRevisión editorial superada
Don Quijote y Sancho llegan de noche a El Toboso con calles oscuras y animales alrededor.

Don Quijote y Sancho entran en El Toboso de noche entre sonidos de animales.

Crédito
Gustave Doré, ilustración vía Project Gutenberg

Don Quijote y Sancho entran de noche en el Toboso buscando a Dulcinea. Pero el lugar no responde como escenario cortesano.

No aparecen palacios luminosos ni músicas nobles. Lo que suena son perros, jumentos, puercos y gatos. La ciudad ideal de la amada se presenta como una aldea viva, ruidosa y animal.

La Perla está ahí: la realidad del Toboso no contradice a Don Quijote con argumentos, sino con sonidos.

La escena es magnífica porque Cervantes desmonta la fantasía por vía acústica. Don Quijote espera señales de nobleza; recibe una banda sonora doméstica y rural. El oído llega antes que la vista, y lo que oye rebaja el sueño.

Don Quijote interpreta esos sonidos como mal agüero. Necesita integrar la disonancia dentro de su mundo. Si el Toboso no suena a palacio, no concluye que su imagen era falsa; sospecha que algo amenaza la aventura.

Sancho, más pegado a lo común, conoce mejor ese ruido. Para él, los animales no destruyen necesariamente el mundo: lo describen. El Toboso nocturno no está encantado por grandeza, sino ocupado por vida ordinaria.

Cervantes vuelve a usar lo bajo para corregir lo alto. La amada ideal vive en una geografía con perros, jumentos, puercos y gatos. La fantasía de Dulcinea debe atravesar un pueblo que huele, suena y se mueve como pueblo.

Esta entrada nocturna también prepara una crisis. Don Quijote ha construido a Dulcinea desde lejos; ahora se acerca al lugar donde debería encarnarse. El ruido animal anuncia que el encuentro entre ideal y territorio será difícil.

El Toboso sonaba así porque ninguna aldea real está obligada a sonar como el deseo de quien la imagina.

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