Lenguaje y símbolos
Don Quijote intentó competir con Sancho a refranes
Para defender la vieja costumbre caballeresca, Don Quijote termina arrojando refranes como llovidos.
Don Quijote suele corregir a Sancho por su abundancia de refranes. Pero en el capítulo VII ocurre algo delicioso: él mismo acaba entrando en esa lluvia proverbial.
Quiere defender la vieja costumbre caballeresca frente a la petición de salario de Sancho. Para hacerlo, empieza a lanzar refranes, sentencias y fórmulas de autoridad popular. El amo, que se presenta como más elevado, termina peleando con las armas verbales del escudero.
La Perla está ahí: a veces quien desprecia el lenguaje popular acaba necesitándolo para convencer.
Sancho habla con refranes porque su pensamiento vive en la experiencia acumulada. Sus frases traen cocina, camino, dinero, cuerpo y prudencia común. Don Quijote habla desde libros, honra y caballería. Pero cuando la discusión se vuelve práctica, el registro de Sancho se vuelve difícil de evitar.
Cervantes se divierte cruzando los estilos. La autoridad culta no basta; la tradición caballeresca necesita apoyarse en dichos de uso común. Don Quijote intenta sostener un mundo viejo con una herramienta verbal que pertenece mucho más al universo de Sancho.
Eso revela que los dos personajes se contagian. Sancho aprende a habitar la ficción de su amo; Don Quijote aprende, aunque lo niegue, a moverse en el idioma de Sancho. La pareja ya no es simple oposición. Es intercambio.
Los refranes son importantes porque condensan una forma de verdad distinta de la libresca. No demuestran como un tratado, pero dan sensación de experiencia. Parecen venir de muchos y por eso pesan.
Don Quijote compite con Sancho a refranes porque necesita autoridad donde la caballería ya no convence del todo. Y en esa competencia, Cervantes nos muestra algo precioso: hasta el ideal más alto acaba bajando a la plaza cuando quiere ganar una discusión.
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