Filosofía práctica

Don Quijote aceptó perder todo menos la belleza de Dulcinea

Aunque vencido, sostiene que Dulcinea es la más hermosa y que solo su cuerpo ha sido derribado, no su fe.

7 de julio de 20263 min de lecturaRevisión editorial superada

Don Quijote cae vencido en Barcelona, pero no entrega el centro de su mundo.

Puede aceptar que su cuerpo ha sido derribado. Puede someterse a las condiciones del vencedor. Pero no acepta negar que Dulcinea sea la más hermosa. La derrota física no alcanza su núcleo simbólico.

La Perla está ahí: se puede vencer al caballero sin vencer la fe que lo sostiene.

Cervantes construye una escena de derrota real. El Caballero de la Blanca Luna no es una fantasía cualquiera: impone una condición que cambiará el destino de Don Quijote. Sin embargo, la resistencia final del vencido se concentra en una afirmación verbal.

Defender a Dulcinea en ese momento no es simple terquedad amorosa. Es defender la arquitectura entera de su identidad. Si concede que Dulcinea no es la más hermosa, no pierde solo una discusión; pierde el eje que justificaba su caballería.

La escena muestra la diferencia entre cuerpo y sentido. El cuerpo puede caer en la arena. El sentido que organiza una vida puede tardar más en rendirse.

Don Quijote no gana el combate, pero conserva una pequeña soberanía interior: nadie le arranca su jerarquía de belleza.

Don Quijote aceptó perder todo menos la belleza de Dulcinea porque Cervantes sabía que hay derrotas que vencen los movimientos del cuerpo, pero no inmediatamente la palabra que mantiene unido al personaje.

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