Filosofía práctica
Don Diego describe una vida moderada: misa, limosna discreta, paz entre vecinos, no escudriñar vidas ajenas; Sancho le besa los pies
Va a misa, ayuda con discreción, procura la paz entre vecinos y no se entretiene en escudriñar vidas ajenas. No parece un héroe de romance ni un santo de prodigios. Es, más bien, un hombre moderado que intenta vivir sin dañar.

Sancho llama santo a Don Diego de Miranda y le besa el pie en el camino.
Don Diego de Miranda describe su manera de vivir sin grandes aspavientos.
Va a misa, ayuda con discreción, procura la paz entre vecinos y no se entretiene en escudriñar vidas ajenas. No parece un héroe de romance ni un santo de prodigios. Es, más bien, un hombre moderado que intenta vivir sin dañar.
La idea central está ahí: Sancho llama santidad a una vida que simplemente no se dedica a murmurar ni estorbar.
La reacción de Sancho es preciosa. Al oír a Don Diego, quiere besarle los pies. No necesita milagros para reconocer una forma de bondad. Le basta una vida ordenada, pacífica y limpia de maledicencia.
Cervantes pone junto a Don Quijote otro modelo de hidalgo. Don Diego no sale a enderezar agravios con lanza, pero quizá evita agravios con su manera de estar en el mundo. Su virtud es menos espectacular y más cotidiana.
La moderación aparece como una ética difícil. No invadir la vida ajena, no sembrar discordia, ayudar sin presumir, sostener la paz común: todo eso parece poco hasta que falta.
Sancho, que ha visto locuras, palos y promesas, reconoce el valor práctico de esa mansedumbre. En su escala moral, quien vive sin hacer daño ya merece reverencia.
Sancho llamó santo a Don Diego porque entendió que la bondad no siempre necesita hazañas. A veces basta con no convertir la convivencia en infierno.