Dinero y confianza
Sancho creyó en Micomicona porque le convenía creer
Sancho acepta la identidad de la princesa Micomicona porque su reino imaginario mantiene abierta la promesa de gobierno, riqueza y ascenso; su cálculo desemboca además en una fantasía explotadora sobre la venta de súbditos africanos.

Sancho acepta la ficción de la princesa Micomicona porque promete un gigante que vencer, un reino y un futuro cargo para él; Gustave Doré, 1863.
Cuando Dorotea aparece disfrazada de princesa y pide ayuda a Don Quijote, Sancho no es un espectador neutral. Ha escuchado al cura y al barbero preparar el engaño, pero no conoce todos sus detalles y necesita que la nueva historia conduzca a su amo fuera de Sierra Morena.
La princesa Micomicona ofrece una estructura familiar para Don Quijote: reino lejano, gigante usurpador, dama necesitada y promesa de recompensa. Sancho refuerza la escena porque entiende que una aventura de ese tipo puede restaurar el camino hacia las mercedes que espera.
Su adhesión aumenta cuando imagina el desenlace. Si Don Quijote vence y se casa con la princesa, será rey. El escudero podrá recibir el gobierno de una parte del territorio. La credulidad no consiste aquí en aceptar pasivamente una fábula, sino en valorar cuánto produciría si fuese verdad.
Sancho introduce entonces un cálculo moralmente brutal. Al saber o imaginar que el reino está en África y que muchos de sus habitantes son negros, piensa en transportarlos a España y venderlos para obtener dinero y títulos. La fantasía de ascenso convierte personas en inventario negociable.
El pasaje no debe suavizarse como simple ocurrencia económica. La novela pone en boca de Sancho una lógica ligada al mundo esclavista de su tiempo: dominio militar, apropiación de súbditos, traslado y venta. Su interés material no elimina la violencia de aquello que imagina.
Al mismo tiempo, la escena evita una división sencilla entre un Don Quijote idealista y un Sancho realista. El amo necesita creer para realizar la misión caballeresca; el escudero necesita creer para convertirla en patrimonio. Ambos colaboran con la ficción, pero esperan beneficios diferentes.
Sancho también teme una alternativa: que Don Quijote se haga arzobispo y no rey. La preocupación conecta con su cálculo anterior sobre empleos eclesiásticos. Micomicona le conviene porque dirige el futuro hacia una monarquía capaz de repartir territorios, no hacia una carrera para la que él carece de requisitos.
Sancho creyó porque la historia distribuía recompensas. Su interés explica la rapidez con que protege la ficción, pero no lo absuelve del contenido de sus planes. La economía del autoengaño alcanza aquí su forma más oscura: para imaginarse señor, imagina a otros convertidos en mercancía.