Derecho e instituciones
Un médico de Lagado propuso curar el Senado con laxantes y corrosivos
La Academia llevó al pie de la letra la metáfora del cuerpo político: médicos tomarían el pulso a cada senador y administrarían fármacos según las enfermedades detectadas durante los debates.

Ilustración situada al comienzo del capítulo VI, dedicado a los proyectistas políticos. Contextualiza la propuesta médica para el Senado, pero no representa literalmente la administración de laxantes y corrosivos.
En la escuela de proyectistas políticos de Lagado, Gulliver encuentra ideas que considera completamente irracionales. Allí se propone convencer a los monarcas de que elijan favoritos por su sabiduría y virtud, enseñar a los ministros a buscar el bien público y conceder empleos a personas cualificadas. La normalidad moral aparece presentada como fantasía imposible.
Entre esos proyectos destaca un médico descrito como ingenioso y experto en la naturaleza del gobierno. Parte de una comparación antigua: existe una semejanza estricta y universal entre el cuerpo natural y el cuerpo político. Si ambos son cuerpos, concluye, deberían conservar la salud y curar las enfermedades mediante las mismas prescripciones.
La metáfora deja entonces de ser una herramienta para pensar. Se convierte en protocolo clínico. Los senados y grandes consejos padecen, según el doctor, humores redundantes y efervescentes, enfermedades de la cabeza y del corazón, convulsiones, contracciones de nervios, vértigos, delirios, tumores con materia purulenta, apetitos caninos y malas digestiones.
Algunas expresiones tienen una doble dirección evidente. Un consejo puede sufrir delirios sin que sus miembros tengan fiebre. Puede mostrar apetito insaciable sin que el problema esté en el estómago. La sátira empieza en ese cruce entre diagnóstico moral, lenguaje médico y comportamiento institucional.
El doctor propone que varios médicos asistan durante los tres primeros días de cada sesión. Al terminar los debates tomarían el pulso a todos los senadores. Después estudiarían con calma qué enfermedades se manifestaron y elegirían el tratamiento correspondiente.
En el cuarto día regresarían acompañados por boticarios y provistos de medicamentos. Antes de que los miembros se sentaran, administrarían a cada uno lenitivos, aperitivos, limpiadores, corrosivos, astringentes, paliativos, laxantes y otros remedios ajustados a su caso. En las sesiones siguientes repetirían, cambiarían o suspenderían la medicación según sus efectos.
La propuesta conserva la forma de un procedimiento basado en observación. Hay un periodo de recogida de señales, una consulta profesional, una intervención diferenciada y una revisión posterior. Precisamente esa apariencia ordenada vuelve más incisivo el absurdo. El método puede ser sistemático y aun así medir la clase equivocada de cuerpo.
Gulliver incluso enumera sus posibles beneficios. Acelerar los asuntos públicos, producir unanimidad, acortar debates, abrir algunas bocas y cerrar muchas otras, frenar a los jóvenes insolentes, corregir a los viejos obstinados, despertar a los torpes y moderar a los impertinentes. La medicina física promete resolver conflictos de palabra, poder, edad e interés.
La frase sobre abrir y cerrar bocas revela el mecanismo político escondido. El objetivo no es comprender por qué existen desacuerdos, qué intereses representan los senadores o qué argumentos son correctos. El tratamiento actúa sobre quienes hablan. La diversidad institucional se traduce en síntomas que deben regularse químicamente.

