Memoria y archivos
Las migas de una goma de borrar convirtieron los Evangelios de York en un archivo de piel, ADN y uso
“La técnica eZooMS identifica especies mediante huellas de péptidos de colágeno. El trabajo anterior que desarrolló el procedimiento había analizado centenares de pergaminos y mostró que una operación rutinaria de limpieza podía producir material molecular suficiente. En los Evangelios de York, el método se amplió para recuperar también ADN.”

Primera página del estudio que analizó proteínas y ADN recuperados mediante el muestreo no invasivo de residuos de goma de borrar en los Evangelios de York.
Los Evangelios de York son un libro de pergamino producido hace aproximadamente mil años y todavía utilizado en ceremonias de York Minster. Su texto, decoración y encuadernación ya constituían un archivo histórico. Una investigación añadió otro: las proteínas, el ADN y los microorganismos conservados sobre la piel animal.
La toma de muestras se realizó con una herramienta cotidiana de conservación. Una goma de borrar de PVC se frotó suavemente sobre zonas sin escritura y los residuos se recogieron en tubos. La carga electrostática arrancó cantidades microscópicas de proteínas y otras moléculas sin cortar el folio ni trasladar el manuscrito al laboratorio.
La técnica eZooMS identifica especies mediante huellas de péptidos de colágeno. El trabajo anterior que desarrolló el procedimiento había analizado centenares de pergaminos y mostró que una operación rutinaria de limpieza podía producir material molecular suficiente. En los Evangelios de York, el método se amplió para recuperar también ADN.
El análisis proteico reconstruyó la fabricación del códice. Los Evangelios originales eran principalmente de piel de ternero, salvo un bifolio de oveja. Las adiciones del siglo XIV se hicieron exclusivamente con piel de oveja. La elección de especies quedó alineada con fases distintas de construcción que la codicología ya podía reconocer.
Algunos folios no pudieron clasificarse. Una intervención de conservación de la década de 1950 había cubierto el último cuaderno y las hojas de guarda con gasa de seda, lo que impedía obtener la señal adecuada. La ausencia de resultado también documentó cómo una reparación moderna puede modificar lo que será medible en el futuro.
En ocho bifolios se recuperó suficiente ADN para preparar bibliotecas y secuenciarlas. Las asignaciones genéticas coincidieron con las identificaciones proteicas. Con datos limitados, los investigadores pudieron además estimar afinidades genéticas y el sexo de parte de los animales, observando una posible preferencia por terneras.
Las muestras contenían igualmente ADN humano y comunidades microbianas. Su composición se parecía a la microbiota de la piel, algo coherente con siglos de manipulación. Dos adiciones posteriores agrupaban de manera distinta y un folio muy conservado aparecía como un caso separado, señal de que uso y tratamiento dejan historias biológicas diferentes.
El género bacteriano Saccharopolyspora apareció en todos los folios muestreados y ha sido relacionado en otros estudios con deterioro del pergamino. Los autores no lo declararon por ello una alarma automática: podía reflejar riesgo actual o una fase anterior. La utilidad conservadora depende de aprender a interpretar esas señales, no solo de detectarlas.
El libro resultó ser un palimpsesto sin borrar el texto. Cada hoja conserva la especie seleccionada, el trabajo del pergaminero, adiciones posteriores, contacto humano, microorganismos y tratamientos de conservación. Una miga de goma permitió leer capas que no estaban escritas con tinta y que, precisamente por ser invisibles, habían acompañado al códice durante siglos.