Comedia e historia del humor
Durante la representación de Melisendra, Don Quijote ataca las figuras para rescatar personajes ficticios
Maese Pedro monta su retablo y la historia de Melisendra empieza a moverse ante los ojos de todos.

Ilustración de Gustave Doré para el episodio del retablo de Maese Pedro, donde Don Quijote confunde las marionetas con una escena real.
Maese Pedro monta su retablo y la historia de Melisendra empieza a moverse ante los ojos de todos.
Para los demás, son figuras, voces y representación. Para Don Quijote, la escena cruza una frontera. No ve madera pintada, sino personas en peligro. Entra al retablo como si aquellos muñecos pudieran sufrir de verdad.
La idea central está ahí: Don Quijote no distingue entre mirar una historia y tener que intervenir en ella.
La escena resume una de sus formas más peligrosas de leer. No le basta emocionarse con la ficción. La toma como llamada práctica. Si Melisendra huye, hay que defenderla; si aparecen perseguidores, hay que atacarlos; si la aventura ocurre delante de él, su deber caballeresco se activa.
Cervantes convierte el teatro en campo de batalla. La distancia estética desaparece. El espectador se vuelve combatiente y la ficción termina rota a golpes.
Lo cómico nace del choque material. Don Quijote quiere salvar personajes, pero destruye objetos. Su compasión imaginaria produce daños reales en un negocio ajeno.
La escena no ridiculiza solo al loco que confunde ficción y realidad. También muestra el poder de las historias cuando entran demasiado hondo. Don Quijote cree porque mira con todo el cuerpo.
Don Quijote entró al retablo como si la madera sufriera de verdad porque, para él, una historia justa no debía contemplarse: debía socorrerse.