Mapas y territorio
Gulliver describió la colonización como piratería convertida en derecho
El cierre del libro desmonta el salto entre descubrir una tierra y poseerla: una tripulación saquea, renombra, mata y convierte la violencia en dominio legítimo y misión civilizadora.

Grabado de Grandville situado en el tramo final del regreso de Gulliver, dentro del segmento que desemboca en el capítulo XII. Contextualiza la voz final del narrador, pero no representa literalmente la expedición colonial descrita.
Al final de sus viajes, Gulliver abandona por un momento las islas flotantes, los gigantes y los caballos racionales. Su último capítulo se ocupa de algo aparentemente más sobrio: qué debe hacer un viajero con las tierras que descubre y qué derecho puede reclamar su país sobre ellas.
La respuesta comienza con una convención jurídica. Alguien le susurra que, como súbdito inglés, estaba obligado a informar al secretario de Estado porque cualquier territorio descubierto por un súbdito pertenecería a la Corona. La fórmula transforma la observación geográfica en título político: ver primero permitiría poseer después.
Gulliver responde primero con prudencia militar. Lilliput apenas compensaría el coste de una flota y un ejército. Atacar Brobdingnag sería peligroso. Una fuerza inglesa tampoco estaría cómoda bajo Laputa. Los Houyhnhnms no conocen la guerra, pero su unanimidad, valentía y fuerza física podrían compensar esa carencia.
Esta primera objeción todavía podría entenderse como cálculo estratégico. No afirma que la conquista sea injusta, sino que quizá sea cara o difícil. Swift cambia entonces de plano. Gulliver declara que tampoco aconsejaría invadirlos aunque hablara como ministro de Estado y pasa a describir el mecanismo moral mediante el cual una invasión se convierte en colonia.
El proceso empieza con una tripulación de piratas empujada por una tormenta hacia una tierra desconocida. Desembarcan para robar y saquear. Encuentran a un pueblo inofensivo que los recibe con amabilidad. Los recién llegados cambian el nombre del país, toman posesión formal en nombre de su rey y colocan una tabla podrida o una piedra como monumento.
La ceremonia no sustituye la violencia. Matan a decenas de habitantes y secuestran a algunos para llevarlos como muestra. Al regresar a casa reciben perdón, y de esa secuencia nace un nuevo dominio presentado como adquirido por derecho divino. La legalidad aparece después del saqueo y lo reorganiza como origen legítimo.
Después llegan más barcos. Los habitantes son expulsados o destruidos. Sus gobernantes son torturados para descubrir dónde guardan el oro. Se permite la inhumanidad y la violencia sexual. La tierra queda cubierta por la sangre de quienes vivían en ella. Sin embargo, la expedición se presenta como piadosa: una colonia enviada para convertir y civilizar a un pueblo declarado idólatra y bárbaro.
Swift no necesita inventar una doctrina abstracta. Describe una cadena administrativa. Primero se descubre, después se renombra, se planta una señal, se mata, se obtiene perdón, se proclama un derecho y se envía una institución permanente. Cada etapa cambia el vocabulario de la anterior sin cambiar a las víctimas.
El narrador añade entonces una defensa exagerada del colonialismo británico. Asegura que nada de lo descrito afecta a Gran Bretaña, modelo mundial de sabiduría, justicia, religión, funcionarios incorruptibles y gobernadores dedicados únicamente a la felicidad de los pueblos. La acumulación de virtudes perfectas funciona como ironía. Una excepción tan absoluta vuelve visible aquello que pretende negar.

