Alimentos e historia
Sancho olió la abundancia antes de verla
Al despertar, Sancho distingue olor de torreznos antes que juncos y tomillos, y deduce boda generosa.

Sancho se acerca a las ollas de la boda de Camacho atraído por el olor de la abundancia.
Sancho despierta antes por la nariz que por los ojos.
El prado puede tener juncos, tomillos y otros olores de campo, pero lo que manda en su percepción es otra señal: torreznos. Antes de ver del todo la fiesta, Sancho huele la abundancia y entiende que la boda será generosa.
La Perla está ahí: para Sancho, el mundo empieza muchas veces por el olor de lo comestible.
Cervantes le concede una inteligencia sensorial extraordinaria. Sancho no necesita discursos para interpretar la situación. Huele grasa, carne, cocina; traduce esos indicios en diagnóstico social. Donde huele así, hay gasto, hay celebración y hay oportunidad.
El olfato funciona como lectura material del mundo. Don Quijote interpreta sombras, nombres y signos caballerescos; Sancho interpreta humo, ollas y torreznos. Ambos leen, pero no leen lo mismo.
La escena es cómica porque eleva una percepción baja a método de conocimiento. Sancho deduce la calidad de la boda por el aire. Su nariz llega a la verdad antes que cualquier explicación.
También hay ternura en esa atención. Quien ha convivido con el hambre aprende a detectar comida como noticia importante. Para Sancho, la abundancia no es abstracción: se anuncia con olor.
Sancho olió la abundancia antes de verla porque su cuerpo conocía muy bien el lenguaje de la necesidad. Allí donde otros percibían fiesta, él percibía primero alimento.
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