Filosofía práctica

Sancho llamó santo a un hidalgo que simplemente vivía sin murmurar

Don Diego describe una vida moderada: misa, limosna discreta, paz entre vecinos, no escudriñar vidas ajenas; Sancho le besa los pies.

7 de julio de 20263 min de lecturaRevisión editorial superada
Sancho baja del rucio y besa el pie de Don Diego de Miranda ante Don Quijote.

Sancho llama santo a Don Diego de Miranda y le besa el pie en el camino.

Crédito
Gustave Doré, ilustración vía Project Gutenberg

Don Diego de Miranda describe su manera de vivir sin grandes aspavientos.

Va a misa, ayuda con discreción, procura la paz entre vecinos y no se entretiene en escudriñar vidas ajenas. No parece un héroe de romance ni un santo de prodigios. Es, más bien, un hombre moderado que intenta vivir sin dañar.

La Perla está ahí: Sancho llama santidad a una vida que simplemente no se dedica a murmurar ni estorbar.

La reacción de Sancho es preciosa. Al oír a Don Diego, quiere besarle los pies. No necesita milagros para reconocer una forma de bondad. Le basta una vida ordenada, pacífica y limpia de maledicencia.

Cervantes pone junto a Don Quijote otro modelo de hidalgo. Don Diego no sale a enderezar agravios con lanza, pero quizá evita agravios con su manera de estar en el mundo. Su virtud es menos espectacular y más cotidiana.

La moderación aparece como una ética difícil. No invadir la vida ajena, no sembrar discordia, ayudar sin presumir, sostener la paz común: todo eso parece poco hasta que falta.

Sancho, que ha visto locuras, palos y promesas, reconoce el valor práctico de esa mansedumbre. En su escala moral, quien vive sin hacer daño ya merece reverencia.

Sancho llamó santo a Don Diego porque entendió que la bondad no siempre necesita hazañas. A veces basta con no convertir la convivencia en infierno.

Seguir leyendo

Perlas relacionadas