Derecho e instituciones

La ciudad donde el agua todavía tenía tribunal

Una perla sobre Murcia y el Consejo de Hombres Buenos de la Huerta: cuando el agua es demasiado importante para dejarla solo en manos de tuberías, mapas o decretos.

7 de julio de 20268 min de lecturaRevisión editorial superada
Restos de una construcción hidráulica sobre la Acequia Mayor Aljufía, en la Huerta de Murcia.

Restos del Molino Bajo de la Pólvora o de los Canalaos sobre la Acequia Mayor Aljufía, parte de la red histórica de riego de la Huerta de Murcia.

Crédito
Imagen: Partidor en la Acequia Aljufía, Rincón de Beniscornia / Wikimedia Commons / CC BY-SA 4.0

Murcia puede contarse de muchas maneras.

Con calor. Con limoneros. Con zarangollo. Con una luz que parece no terminar de irse. Con la huerta, el Segura, las acequias, las pedanías, el barro fértil y la terquedad de sacar vida de un territorio que nunca ha regalado el agua.

Pero hay una forma especialmente hermosa de contar Murcia:

como una ciudad que entendió que el agua no solo se reparte.

También se juzga.

El agua como asunto moral

En los lugares donde el agua sobra, uno puede olvidar que el agua tiene política.

En Murcia eso es más difícil.

La huerta no fue solo tierra cultivada. Fue una red de acuerdos. Acequias, azarbes, turnos, compuertas, derechos, costumbres, pequeñas tensiones acumuladas en cada palmo regado. Allí el agua no era simplemente una cosa que pasaba: era una relación entre vecinos.

Por eso el conflicto no podía resolverse solo con fuerza ni con distancia administrativa.

Si alguien abría cuando no debía, si desviaba más de lo justo, si descuidaba una infraestructura común, si dañaba el orden de riego, el problema no era únicamente técnico. Era comunitario.

La pregunta de fondo era sencilla y enorme:

¿cómo se convive cuando todos dependen de algo que ninguno posee del todo?

El Consejo de Hombres Buenos

El Consejo de Hombres Buenos de la Huerta de Murcia es una de esas instituciones que parecen antiguas hasta que uno se da cuenta de lo modernas que siguen siendo.

Es un tribunal consuetudinario: su autoridad nace de la costumbre, de la práctica, de una memoria compartida sobre cómo debe ordenarse el riego. Juzga conflictos vinculados al agua de la huerta, no desde la abstracción pura, sino desde el conocimiento directo del territorio.

La escena tiene algo casi literario: agricultores y representantes de la huerta resolviendo pleitos de agua mediante palabra, experiencia y regla común.

Pero no es folclore decorativo.

Tiene realidad jurídica y reconocimiento cultural. En 2009, junto con el Tribunal de las Aguas de Valencia, fue inscrito por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad dentro de los tribunales de regantes del Mediterráneo español.

La palabra “patrimonio” puede sonar a vitrina. Aquí conviene entenderla de otra manera: no como algo muerto que se conserva, sino como una herramienta que sigue teniendo sentido porque el problema que atiende no ha desaparecido.

Justicia con barro en los zapatos

Lo fascinante del Consejo no es solo que hable de agua.

Es que recuerda una verdad que las sociedades modernas a veces olvidan: algunas decisiones se entienden mejor cuando quienes juzgan conocen el terreno con el cuerpo.

Un conflicto de riego no siempre cabe bien en un expediente frío. Hay que saber qué significa una senda, una acequia, una tanda, una compuerta, una servidumbre, una costumbre repetida durante décadas.

La justicia necesita norma. Pero, en ciertos asuntos, también necesita oído local.

El Consejo representa esa mezcla: regla y cercanía, procedimiento y memoria, autoridad y experiencia práctica.

Por eso su existencia produce una pequeña inversión de prestigio. En vez de pensar que lo moderno siempre sube hacia oficinas lejanas, aquí lo importante baja a la huerta. La inteligencia institucional no está solo en el edificio, sino en la continuidad de quienes han aprendido dónde se atasca el agua y dónde se atasca la convivencia.

La oralidad como velocidad

La justicia oral tiene una fragilidad y una fuerza.

Su fragilidad es evidente: parece menos monumental que el papel, menos solemne que los grandes archivos, menos intimidante que un expediente interminable.

Su fuerza es precisamente esa: obliga a que el conflicto comparezca casi desnudo.

Una parte habla. La otra responde. Quienes conocen el riego escuchan. El problema se acerca a una solución sin convertirse necesariamente en una maquinaria enorme.

Según información periodística reciente, una gran parte de los asuntos tratados por el Consejo termina en acuerdo. Esa cifra no importa solo como eficiencia. Importa como cultura: allí donde el agua obliga a seguir viéndose la cara, vencer no siempre es lo mismo que resolver.

En una huerta, el vecino derrotado sigue siendo vecino.

Murcia, ciudad de instituciones invisibles

Las ciudades suelen presumir de lo que se ve: catedrales, plazas, fachadas, puentes, teatros, palacios.

Murcia tiene todo eso.

Pero la Perla de hoy está en una arquitectura menos visible: la arquitectura de la confianza.

Una acequia no es solo una zanja por donde corre agua. Es una promesa material. Dice: esto llegará a varios, en cierto orden, bajo ciertas condiciones, porque hemos decidido que la vida común necesita reglas.

El Consejo de Hombres Buenos es la forma hablada de esa promesa.

No embellece Murcia como postal. La explica como pacto.

Cierre

Quizá por eso Murcia tiene algo que no siempre se entiende desde fuera.

No es solo una ciudad junto a una huerta. Es una ciudad que aprendió que el agua no crea comunidad por sí sola. El agua también separa, tienta, enfada, acusa y pone a prueba.

La comunidad aparece cuando alguien inventa una manera de repartirla, discutirla y volver a mirarse después.

En Murcia, durante mucho tiempo, el agua no solo bajó por las acequias.

También subió a declarar.

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