Literatura y narrativa
La innovación que daba prestigio aunque produjera miseria
Balnibarbi premia la novedad incluso cuando arruina campos, casas y vidas.
En Balnibarbi, la innovación no se evalúa por lo que arregla. Se evalúa por lo moderna que parece.
Gulliver baja de Laputa y encuentra un país lleno de actividad: trabajadores ocupados, campos intervenidos, ciudades transformadas y academias que prometen métodos nuevos para todo. Pero casi nada funciona. Las casas están mal construidas, la tierra bien situada produce poco y la gente viste harapos.
La contradicción no desanima a los proyectistas. La vuelve más intensa. Cada fracaso parece justificar otro intento. Cada ruina se presenta como prueba de que aún hace falta más reforma.
Swift resume el desastre con una frase brutal: ninguno de los proyectos ha llegado a perfección y, mientras tanto, el país yace devastado, las casas en ruinas y la población sin comida ni ropa.
Ahí está la perla. La novedad puede convertirse en una autoridad moral independiente de sus resultados. Cuando eso ocurre, fracasar no desacredita al innovador; desacredita al mundo por no haberse adaptado todavía a su método.
Munodi representa el escándalo contrario. Sus tierras producen, su casa funciona, sus jardines están ordenados y sus métodos antiguos alimentan a quienes dependen de él. Sin embargo, su éxito no lo protege. Lo vuelve sospechoso. El país lo considera atrasado porque conserva prácticas útiles.
La sátira no ataca todo cambio. Ataca la inversión del criterio. Lo nuevo debería justificar su existencia mejorando algo. En Balnibarbi, lo antiguo debe justificarse precisamente porque funciona sin pertenecer a la moda intelectual.
El prestigio se separa así de la utilidad. Los proyectistas hablan de multiplicar cosechas, construir palacios en una semana y hacer que un hombre produzca como diez. La promesa es enorme; el presente, miserable. Cuanto mayor la distancia, mayor el aura de audacia.
Swift muestra una institución protegida por el futuro. Nunca tiene que rendir cuentas hoy porque su éxito vive siempre unos años más adelante. El hambre pertenece al presente; la perfección, al próximo experimento.
La innovación se vuelve entonces una forma de poder. Decide qué conocimiento merece respeto, quién es llamado ignorante y qué fracaso debe seguir financiándose.
Balnibarbi no está en ruinas por falta de ideas. Está en ruinas porque aprendió a admirarlas antes de comprobar si servían.
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