Memoria y archivos

El juicio a una biblioteca

El cura y el barbero someten los libros de Don Quijote a un escrutinio que parece crítica literaria y también auto de fe doméstico.

7 de julio de 20264 min de lecturaRevisión editorial superada
El cura y el barbero revisan los libros de la biblioteca de Don Quijote.

El juicio a la biblioteca de Don Quijote, escena del escrutinio del capítulo VI.

Crédito
Gustave Doré, ilustración vía Project Gutenberg

El capítulo VI es uno de los momentos más extraños del Quijote: una biblioteca entera es sometida a juicio.

El cura y el barbero no entran solo a retirar libros. Entran a examinarlos, discutirlos, absolverlos o condenarlos. La casa de Don Quijote se convierte en sala de tribunal y el fuego espera como sentencia. Lo doméstico, lo literario y lo inquisitorial se mezclan en una escena a la vez cómica y siniestra.

La biblioteca ya no es un lugar de lectura. Es un conjunto de sospechosos.

Cervantes convierte el escrutinio en una parodia de crítica literaria. El cura opina, compara, distingue, recuerda autores y decide qué merece vivir. Pero esa crítica tiene consecuencias físicas: los libros pueden acabar quemados. La opinión se vuelve castigo. La lectura se convierte en policía de la lectura.

La Perla está ahí: cuando se culpa a los libros de lo que hacen los lectores, la crítica puede convertirse en incendio.

La escena tiene una ambigüedad enorme. Por un lado, los libros han influido de verdad en Don Quijote. No son inocentes en el sentido simple. Han alimentado su lenguaje, sus modelos y sus expectativas. Por otro lado, quemarlos no equivale a entender lo que le ha pasado. La biblioteca arde más fácilmente que el deseo que la hizo peligrosa.

El cura y el barbero actúan como si pudieran curar a Don Quijote depurando su entorno. Si se eliminan los libros malos, quizá se elimine la causa. Pero Cervantes nos permite sospechar que el problema es más profundo: no está solo en los volúmenes, sino en la forma en que Alonso Quijano los incorporó a su identidad.

Aun así, el capítulo no defiende una libertad abstracta e ingenua. No todos los libros salen bien parados. Cervantes sabe que las ficciones pueden deformar. Por eso el juicio funciona también como mapa de gustos, canon y rechazo. Hay libros salvados por calidad, libros condenados por disparatados, libros discutidos, libros arrojados sin demasiado proceso.

Ese desorden hace la escena más humana. Ningún juicio cultural es completamente limpio. Mezcla criterio, prejuicio, prisa, miedo, gusto personal y autoridad. El escrutinio de la biblioteca tiene algo de crítica razonada y algo de pánico familiar.

La imagen central es potentísima: quienes quieren curar a Don Quijote usan contra los libros una violencia ritual parecida a la que dicen combatir. Él confundió literatura y vida; ellos responden tratando la literatura como si fuera un agente culpable. Todos, de algún modo, creen demasiado en el poder de los libros.

Esa es la gran ironía. El capítulo VI no enfrenta a un lector crédulo contra personas que saben que los libros son solo libros. Al contrario: los cuerdos también creen que los libros actúan. Por eso los temen. Por eso los juzgan. Por eso los queman.

Cervantes, escritor, pone en escena una defensa incómoda de la literatura: si hay que hacerle un juicio a una biblioteca, es porque la literatura importa. Puede trastornar, sostener, engañar, salvar, inspirar o intoxicar. No es inofensiva.

Pero precisamente porque importa, quemar no basta. Entender una biblioteca exige más que fuego: exige saber qué deseo encontró allí el lector.

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