Literatura y narrativa
La clemencia de dejar ciego a un gigante
Swift convirtió un castigo brutal en una lección sobre cómo el poder llama humanidad a sus propios cálculos.

Cubierta digital de la edición de Project Gutenberg de Los viajes de Gulliver.
En Lilliput, la clemencia puede consistir en sacarte los ojos.
La frase suena exagerada, pero Swift la construye con una frialdad administrativa perfecta. Los enemigos de Gulliver quieren matarlo de forma dolorosa: incendiar su casa, dispararle flechas envenenadas, untar sus sábanas con veneno para que muera desgarrándose. Durante un tiempo, esa parece ser la mayoría del consejo.
Entonces aparece la opción moderada. Reldresal, secretario y supuesto amigo de Gulliver, reconoce que los crímenes son graves, pero propone misericordia: no matarlo, solo dejarlo ciego. El razonamiento es terrible precisamente porque se presenta como razonable. La justicia quedaría satisfecha, el mundo aplaudiría la lenidad del emperador y Gulliver todavía podría seguir siendo útil por su fuerza corporal.
La utilidad del cuerpo sobreviviente es clave. No se trata de perdonar a Gulliver. Se trata de conservar un recurso. Ciego, seguiría siendo fuerte. Ciego, podría obedecer. Ciego, no vería peligros. Ciego, tendría que mirar por los ojos de los ministros, como hacen —dice el texto— los mayores príncipes.
Swift no deja ahí la crueldad. El tesorero introduce el cálculo económico: mantener al Hombre-Montaña cuesta demasiado. Pero cegarlo quizá empeore el gasto, porque algunas aves, al ser cegadas, comen más y engordan antes. La vida de Gulliver queda reducida a presupuesto, alimentación y peso corporal. La pregunta ya no es qué es justo, sino cuánto consume el cuerpo que aún no conviene matar.
La solución final mezcla ambas lógicas. La sentencia oficial será arrancarle la vista. El plan secreto será reducirle poco a poco la comida para que se debilite, pierda apetito, adelgace y muera en unos meses. Después, miles de súbditos podrán cortar su carne y enterrarla lejos para evitar infección. La clemencia pública y la eliminación privada encajan sin contradicción.
Ahí está la perla: el poder no solo castiga; también administra el lenguaje del castigo. La palabra “lenidad” aparece una y otra vez, pero cuanto más se proclama la misericordia, más inhumana resulta la pena. El discurso oficial no suaviza la violencia. La hace presentable.
Gulliver percibe la ironía. Dice que, por no estar hecho para cortesano, no logra descubrir la bondad de una sentencia que a otros les parece suave. Es una de esas frases en que la ingenuidad aparente del narrador deja ver la monstruosidad del sistema. Para entender la clemencia de Lilliput hay que haber aprendido a llamar favor a una mutilación.
La escena es grotesca por la escala: veinte cirujanos disparando flechas agudas contra los globos oculares de un gigante tumbado. Pero lo más grotesco no es la imagen física. Es el aparato moral que la rodea: consejos, discursos, actas, secretos, cálculos fiscales, elogios públicos y gratitud esperada del condenado.
Swift muestra una violencia que necesita verse a sí misma como humana. No basta con castigar a Gulliver; hay que exigirle que agradezca no haber recibido algo peor. Esa comparación con una pena más cruel se convierte en argumento para aceptar la pena presente.
Por eso Lilliput da miedo. No porque sus habitantes sean pequeños y ridículos, sino porque su lenguaje político es demasiado reconocible: convertir un daño en concesión, una mutilación en moderación y una víctima en deudora de la misericordia que la destruye.
La clemencia del emperador no salva los ojos de Gulliver. Solo salva la imagen que el emperador quiere tener de sí mismo.
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