Antropología y cultura

El tablero que enseñaba a contar antes de llamarse educativo

Ayò Ọlọ́pọ́n enseña cálculo, atención y memoria antes de necesitar la etiqueta moderna de juego educativo.

6 de julio de 20264 min de lecturaRevisión editorial superada
Tablero de mancala de madera con dos filas de huecos y semillas redondas colocadas en cada cavidad.

Tablero de mancala con semillas en disposición inicial: apoyo visual directo para Ayò Ọlọ́pọ́n como juego de conteo, memoria y atención.

Crédito
Immanuel Giel, “MancalaWari.JPG”, via Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

El tablero que enseñaba a contar antes de llamarse “educativo”

Nigeria tiene una relación curiosa con los juegos de mesa. Desde fuera, uno podría pensar primero en el Scrabble: en 2015, Wellington Jighere, de Nigeria, ganó el Campeonato Mundial de Scrabble en inglés y se convirtió en el primer africano en obtener ese título, según la página del campeonato WESPA de 2015.

Pero la perla no está en un juego importado, sino en uno mucho más antiguo y más silencioso: Ayò Ọlọ́pọ́n, una variante yoruba de la gran familia de juegos mancala.

El juego parece sencillo: una tabla de madera, dos filas de huecos y semillas. El Museo Horniman describe el Ayo como un juego de origen yoruba, jugado en una caja tallada con doce agujeros, seis a cada lado, y cuarenta y ocho semillas, cuatro por agujero. También recoge que el arte de jugarlo se llama ayo tita y que, en comunidades yoruba, se jugaba tradicionalmente por la tarde, después del trabajo.

Esa sencillez engaña.

En Ayo no hay dados. No hay cartas ocultas. No hay suerte que venga a salvarte. Cada movimiento consiste en tomar semillas de un hueco y sembrarlas una a una en los huecos siguientes, normalmente en sentido antihorario. Lo que parece un gesto mecánico se convierte en cálculo: contar, anticipar, recordar, bloquear, capturar. El tablero no premia al que mueve más rápido, sino al que ve más lejos.

Por eso es interesante que la informática también se haya fijado en él. Un artículo de 2007 en ICGA Journal lo describe como miembro de la familia mancala y estudia cómo crear un agente capaz de jugar Ayo mediante una combinación de búsqueda minimax y razonamiento basado en casos. Es decir: un juego que algunos podrían mirar como simple “pasatiempo tradicional” resultó ser suficientemente complejo como para interesar a investigadores de juegos computacionales e inteligencia artificial.

Pero reducir Ayo a “matemáticas” también sería quedarse corto. El tablero no solo organiza semillas; organiza una forma de estar juntos.

El Horniman recoge detalles sociales muy reveladores: espectadores que comentan y bromean durante la partida, fórmulas de saludo para los jugadores, la distinción entre ganador y perdedor, y la idea de que los niños deben aprenderlo pronto como herencia cultural. Incluso señala que, aunque originalmente se jugaba solo entre hombres, hoy lo disfruta más gente.

Ahí aparece la verdadera fuerza del juego. Ayo no era solo una competición de cálculo; era una pequeña institución social. Bajo un árbol, en una veranda o en un espacio común, dos personas jugaban y otras miraban, opinaban, reían, aprendían. La inteligencia no estaba encerrada en una escuela ni en una oficina. Circulaba en público, en voz alta, con semillas.

La modernidad suele cometer un error: cree que un conocimiento vale más cuando se separa de la vida cotidiana. Si algo ocurre en una clase, parece educación. Si ocurre en una mesa, bajo la sombra, entre bromas y espectadores, parece entretenimiento. Ayo rompe esa frontera. Enseña que una cultura puede esconder pensamiento abstracto dentro de una práctica común.

Un estudio publicado en 2022 por investigadores de la Universidad de Ibadan examinó el uso de Ayo Ọlọ́pọ́n para mejorar habilidades de cálculo en niños de preescolar. La muestra incluyó 140 participantes —40 cuidadores y 100 padres de niños de cinco años en Ibadan— y concluyó que cuidadores y padres no lo utilizaban como recurso de enseñanza, aunque los autores recomendaban formar a docentes en el uso de materiales locales como Ayo para enseñar numeración.

Ese dato duele un poco. No porque todo juego tradicional deba meterse por la fuerza en el aula, sino porque muestra un patrón conocido: muchas sociedades tienen herramientas pedagógicas propias, pero terminan buscando legitimidad en modelos externos. Ayo ya tenía conteo, estrategia, memoria, paciencia y atención. Lo que le faltaba no era valor; le faltaba reconocimiento institucional.

También hay una dimensión ética. Un estudio sobre las relaciones entre Ifá y Ayò Ọlọ́pọ́n sostiene que, entre los yoruba, el juego tiene códigos informales y afinidades con sistemas éticos más amplios de la cultura. No hace falta aceptar todas las interpretaciones simbólicas para entender el punto central: el juego no era una actividad neutra. Tenía reglas, conducta esperada, reputación, autocontrol y maneras aceptables de ganar.

Por eso Ayo sirve para mirar Nigeria de otra manera. No solo como país de petróleo, música, literatura, fútbol, Nollywood o debates políticos intensos, sino como un lugar donde un tablero de madera puede condensar cálculo, memoria, conversación, estética, disciplina y comunidad.

La palabra “juego” a veces nos hace bajar la guardia. Pensamos en algo menor, algo que se hace cuando lo importante ya terminó. Pero en muchas culturas los juegos son laboratorios de vida: enseñan a esperar turno, perder sin romper la relación, ganar sin destruir al otro, leer consecuencias y aceptar que cada movimiento deja semillas en el terreno del rival.

Ayo Ọlọ́pọ́n no necesita ser romantizado. No es una reliquia perfecta ni una solución mágica para la educación moderna. Pero sí es una advertencia contra una forma pobre de progreso: esa que confunde lo nuevo con lo profundo y lo antiguo con lo superado.

La perla está en esto: antes de que alguien lo llamara “aprendizaje basado en juegos”, ya había niños y adultos nigerianos practicando cálculo, estrategia y autocontrol con una tabla de madera y cuarenta y ocho semillas.

Una cultura no siempre guarda su inteligencia en libros; a veces la siembra, semilla a semilla, sobre un tablero.

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