Animales e inteligencia
El deseo de Rocinante desencadenó la paliza de los yangüeses
El episodio de los yangüeses comienza no con un desafío caballeresco, sino con el deseo de Rocinante, que arrastra a amo y escudero hacia una violencia sin nobleza.

Rocinante se aproxima a las yeguas de los yangüeses y pone en marcha el conflicto corporal que arrastra a amo y escudero; Gustave Doré, 1863.
Después del entierro de Grisóstomo, Don Quijote y Sancho descansan en un valle donde unos arrieros yangüeses han soltado sus yeguas. El caballero todavía busca una aventura digna de los libros. La que encuentra comienza con un impulso que no controla: Rocinante se aparta de su paso habitual y corre hacia las hembras.
El movimiento rebaja de inmediato el registro heroico. No hay dama ultrajada, reino amenazado ni enemigo que anuncie batalla. Hay un caballo flaco que desea acercarse a unas yeguas que no lo reciben. Ellas responden con coces y mordiscos hasta derribarlo.
Los yangüeses intervienen después. Al ver a Rocinante entre sus animales, lo golpean con estacas. Don Quijote interpreta la agresión como una afrenta que exige castigo. Sancho intenta detenerlo recordándole una diferencia evidente: ellos son dos y los arrieros son muchos. El cálculo no modifica la obligación caballeresca de su amo.
La consecuencia es una paliza. Don Quijote y Sancho atacan, alcanzan a herir a algunos hombres y quedan finalmente derribados bajo los palos. La aventura que el caballero intenta elevar termina con los tres cuerpos —amo, escudero y caballo— inmóviles y doloridos en el suelo.
Rocinante no es aquí un simple medio de transporte. Su deseo inicia la cadena causal. Don Quijote puede narrar después la derrota en términos de encantamientos, superioridad numérica o mala fortuna, pero no puede borrar que el episodio nació fuera de su voluntad y fuera del código que pretende aplicar.
La comicidad depende de esa distancia. En los libros de caballerías, la montura prolonga la intención del héroe: corre cuando debe combatir, resiste cuando debe huir y participa del prestigio de su dueño. Rocinante, en cambio, posee necesidades propias. Su cuerpo no obedece siempre a la función literaria que Don Quijote le ha asignado.
Esto no convierte al animal en culpable moral. Las yeguas lo rechazan, los arrieros recurren a una violencia desproporcionada y Don Quijote decide escalar el conflicto. La responsabilidad se distribuye entre acciones distintas. Lo que Rocinante aporta es la primera grieta: demuestra que la aventura puede empezar por apetito, miedo o cansancio, no por una causa noble.
La épica de Don Quijote necesita cuerpos para existir, pero esos cuerpos se resisten a ser meros instrumentos. Tienen deseo, sufren golpes y terminan imponiendo límites materiales al relato. En el valle de los yangüeses, antes de que el caballero pueda inventar un enemigo digno, Rocinante ya ha decidido qué historia van a padecer.