Derecho e instituciones
Murcia y el Consejo de Hombres Buenos de la Huerta: cuando el agua es demasiado importante para dejarla solo en manos de tuberías, mapas o decretos
Con calor. Con limoneros. Con zarangollo. Con una luz que parece no terminar de irse. Con la huerta, el Segura, las acequias, las pedanías, el barro fértil y la terquedad de sacar vida de un territorio que nunca ha regalado el agua.
Restos del Molino Bajo de la Pólvora o de los Canalaos sobre la Acequia Mayor Aljufía, parte de la red histórica de riego de la Huerta de Murcia.
Murcia puede contarse de muchas maneras.
Con calor. Con limoneros. Con zarangollo. Con una luz que parece no terminar de irse. Con la huerta, el Segura, las acequias, las pedanías, el barro fértil y la terquedad de sacar vida de un territorio que nunca ha regalado el agua.
Pero hay una forma especialmente hermosa de contar Murcia:
como una ciudad que entendió que el agua no solo se reparte.
También se juzga.
El agua como asunto moral
En los lugares donde el agua sobra, uno puede olvidar que el agua tiene política.
En Murcia eso es más difícil.
La huerta no fue solo tierra cultivada. Fue una red de acuerdos. Acequias, azarbes, turnos, compuertas, derechos, costumbres, pequeñas tensiones acumuladas en cada palmo regado. Allí el agua no era simplemente una cosa que pasaba: era una relación entre vecinos.
Por eso el conflicto no podía resolverse solo con fuerza ni con distancia administrativa.
Si alguien abría cuando no debía, si desviaba más de lo justo, si descuidaba una infraestructura común, si dañaba el orden de riego, el problema no era únicamente técnico. Era comunitario.
La pregunta de fondo era sencilla y enorme:
¿cómo se convive cuando todos dependen de algo que ninguno posee del todo?
El Consejo de Hombres Buenos
El Consejo de Hombres Buenos de la Huerta de Murcia es una de esas instituciones que parecen antiguas hasta que uno se da cuenta de lo modernas que siguen siendo.
Es un tribunal consuetudinario: su autoridad nace de la costumbre, de la práctica, de una memoria compartida sobre cómo debe ordenarse el riego. Juzga conflictos vinculados al agua de la huerta, no desde la abstracción pura, sino desde el conocimiento directo del territorio.
La escena tiene algo casi literario: agricultores y representantes de la huerta resolviendo pleitos de agua mediante palabra, experiencia y regla común.
Pero no es folclore decorativo.
Tiene realidad jurídica y reconocimiento cultural. En 2009, junto con el Tribunal de las Aguas de Valencia, fue inscrito por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad dentro de los tribunales de regantes del Mediterráneo español.
La palabra “patrimonio” puede sonar a vitrina. Aquí conviene entenderla de otra manera: no como algo muerto que se conserva, sino como una herramienta que sigue teniendo sentido porque el problema que atiende no ha desaparecido.
Justicia con barro en los zapatos
Lo fascinante del Consejo no es solo que hable de agua.
Es que recuerda una verdad que las sociedades modernas a veces olvidan: algunas decisiones se entienden mejor cuando quienes juzgan conocen el terreno con el cuerpo.
Un conflicto de riego no siempre cabe bien en un expediente frío. Hay que saber qué significa una senda, una acequia, una tanda, una compuerta, una servidumbre, una costumbre repetida durante décadas.