Mapas y territorio
Kunit talló una costa inuit para leerla con los dedos
Unas pequeñas piezas de madera talladas en Ammassalik muestran que un mapa no siempre es una vista desde arriba: también puede ser memoria táctil de un recorrido.

Ilustración de 1887 de los mapas de madera de la costa oriental de Groenlandia recogidos por la expedición de Gustav Holm.
La rareza no está en que Kunit hiciera un mapa de madera. La rareza está en que su mapa casi no se parecía a lo que nosotros llamamos mapa.
A finales del siglo XIX, un cazador inuit llamado Kunit entregó a Gustav Holm, jefe de una expedición danesa por la costa oriental de Groenlandia, tres pequeñas piezas de madera. Dos de ellas medían apenas 5,5 x 2 pulgadas y 8,5 x 1 pulgada. Una representaba una costa quebrada, con dedos de tierra y fiordos; otra, una cadena de islas; la tercera, una península. El objeto era pequeño, portátil, rugoso. No pedía una mirada aérea. Pedía una mano.
Ahí está el artículo: Kunit no estaba metiendo el territorio en una hoja; estaba convirtiendo una costa en una experiencia táctil.
Un mapa moderno suele fingir que somos un ojo suspendido sobre el mundo. La costa se aplana. El norte manda. El cuerpo desaparece. En cambio, estos mapas de Ammassalik parecen hechos desde otra pregunta: no “¿cómo se ve esto desde arriba?”, sino “¿qué encuentra un cuerpo al avanzar por aquí?”. Los bordes dentados no son decoración: recuerdan fiordos, cabos, islas, obstáculos. Una ranura curva indicaba un punto donde habría que sacar el kayak del agua y cargarlo por tierra para alcanzar el siguiente fiordo. Eso no es un detalle secundario. Para quien navega, ese “hay que cargar” pesa más que muchas líneas exactas.
Por eso el objeto desmonta una idea cómoda: que un buen mapa es siempre el más parecido a una fotografía desde el cielo. No. Un buen mapa depende de la tarea. Para un imperio, puede ser útil una costa medida, numerada y archivada. Para una travesía en kayak, tal vez importa más saber dónde el hielo bloquea, dónde se carga la embarcación, qué saliente se reconoce con la mano, qué isla viene después. El mapa no solo representa el lugar: representa una forma de moverse por él.
Hans Harmsen, arqueólogo y conservador del Greenland National Museum and Archives, ha insistido en un punto incómodo: no hay pruebas de que estos mapas fueran una herramienta común entre los inuit groenlandeses. Sería fácil convertirlos en una postal romántica —“los inuit hacían mapas de madera”—, pero eso sería falso o, como mínimo, demasiado limpio. La lectura más prudente es más interesante: Kunit produjo unas piezas singulares en un contexto de encuentro con una expedición danesa, traduciendo conocimiento local a un formato que Holm pudiera entender, tocar y transportar.
Y aun así, la singularidad no les quita fuerza. Al contrario. Justo porque no parecen una tradición masiva, se vuelven más reveladores. Nos muestran el momento exacto en que un saber que normalmente vivía en rutas, nombres, memoria, relato y experiencia corporal se solidifica en un objeto. La costa deja de ser solo costa. Se vuelve una prótesis de memoria.
Hakai recoge una observación atribuida a Holm sobre los Tunumiit del este de Groenlandia: podían describir con precisión un lugar visitado una sola vez, incluso veinte años antes. No hace falta convertir esa frase en mito. Basta con tomarla en serio: en un entorno así, recordar el territorio no era cultura general; era tecnología de supervivencia. El mapa de Kunit parece pobre si lo juzgamos con los ojos de Google Maps. Pero si lo juzgamos con dedos, kayak, frío, hielo y memoria, empieza a parecer otra cosa: una interfaz mínima para no perderse en un mundo demasiado grande para el papel.