Lenguaje y símbolos
Las lenguas de signos no son una mímica universal: cada comunidad organiza su propio lenguaje
“La diferencia entre lengua y mímica aparece con claridad cuando se comparan regiones. No existe una lengua de signos universal. La lengua de signos británica y la americana son distintas, aunque ambos países compartan una lengua oral mayoritaria. Una persona que domina ASL no comprende automáticamente BSL. La historia de cada comunidad, sus contactos y sus instituciones pesan más que la frontera entre idiomas hablados.”

A sign language interpreter communicating with a deaf participant by Tanzanian Sign language (TSL) during the Wiki4Inclusion training event at dLab Tanzania, Kijitonyama Dar es esaam Tanzania.
Decir que las lenguas de signos son mímica parece intuitivo para quien solo observa movimientos desde fuera. Las manos dibujan formas, el rostro cambia y el cuerpo ocupa el espacio. Pero esa apariencia visual no convierte la comunicación en una colección de gestos universales. Las comunidades sordas han desarrollado lenguas naturales con vocabularios, reglas gramaticales, contrastes mínimos, estilos y cambios históricos propios.
El Instituto Nacional de la Sordera de Estados Unidos describe la lengua de signos americana, ASL, como una lengua completa y natural. Sus propiedades lingüísticas son comparables a las de las lenguas habladas, aunque su gramática no sea la del inglés. La expresión combina configuraciones y movimientos de las manos con información del rostro y del cuerpo. Traducir una frase inglesa palabra por palabra a signos no equivale a producir una oración correcta en ASL.
La diferencia entre lengua y mímica aparece con claridad cuando se comparan regiones. No existe una lengua de signos universal. La lengua de signos británica y la americana son distintas, aunque ambos países compartan una lengua oral mayoritaria. Una persona que domina ASL no comprende automáticamente BSL. La historia de cada comunidad, sus contactos y sus instituciones pesan más que la frontera entre idiomas hablados.
La Federación Mundial de Sordos insiste en esa diversidad y la vincula con culturas específicas. Una lengua puede variar entre países y dentro de un mismo país. Los signos no son etiquetas transparentes pegadas a objetos; forman parte de sistemas que organizan el tiempo, la referencia, las preguntas, el énfasis y la relación entre participantes. El espacio frente al cuerpo puede adquirir funciones gramaticales sin convertirse por ello en un mapa universal.
La lingüística comparada ha encontrado simultáneamente rasgos compartidos y diferencias profundas. Algunas propiedades de la modalidad visual-gestual favorecen recursos recurrentes: localizaciones en el espacio, clasificadores, simultaneidad de componentes o uso gramatical de expresiones faciales. Sin embargo, las lenguas no seleccionan ni organizan esos recursos de la misma manera. La posibilidad física de señalar no determina una única gramática.
La iconocidad tampoco elimina la arbitrariedad. Algunos signos guardan una relación reconocible con aquello que nombran, como también ocurre con onomatopeyas o metáforas en lenguas habladas. Pero una forma inicialmente icónica puede convencionalizarse, cambiar con el tiempo y resultar opaca para quien no pertenece a la comunidad. Dos lenguas pueden representar el mismo concepto mediante soluciones diferentes. Ver una semejanza no basta para entender una oración.
El origen de ASL ilustra cómo una lengua emerge de contacto y transformación, no del diseño de un comité. El NIDCD resume que se desarrolló hace más de dos siglos a partir de la interacción entre lenguas de signos locales y la lengua de signos francesa. ASL y la francesa moderna conservan algunas semejanzas, pero ya no son mutuamente comprensibles. La genealogía produce parentesco, no identidad.