Ciencia y matemáticas
En un modelo, solo el 4–6 % de los escenarios llevó la captura directa de aire a una gigatonelada
“El resultado no dice que la captura directa de aire tenga un 5 % de probabilidad real de triunfar; dice que, dentro de ese modelo y de sus supuestos, el éxito gigantesco ocupó una cola pequeña de la distribución.”
En 2050, la captura directa de dióxido de carbono del aire podría retirar una cantidad enorme de CO₂ o seguir siendo una industria pequeña. La diferencia no depende solo de que las máquinas funcionen. Depende de costes, velocidad de construcción, financiación, almacenamiento geológico, políticas climáticas y décadas de apoyo público.
Un preprint publicado en marzo de 2026 intentó medir esa incertidumbre en vez de esconderla detrás de una única trayectoria. Sus autores ejecutaron miles de variantes de un modelo integrado y obtuvieron una distribución muy desigual: la mayoría de los escenarios produjo poco despliegue, mientras solo entre el 4 % y el 6 % alcanzó una escala de gigatonelada hacia mitad de siglo.
El resultado no dice que la captura directa de aire tenga un 5 % de probabilidad real de triunfar; dice que, dentro de ese modelo y de sus supuestos, el éxito gigantesco ocupó una cola pequeña de la distribución.
Sacar CO₂ del aire es distinto de capturarlo en una chimenea
En una central o una fábrica, el CO₂ sale concentrado en un flujo de gases. En el aire ambiente está muy diluido. La captura directa de aire —DAC, por sus siglas en inglés— debe mover grandes volúmenes de aire a través de materiales que retienen selectivamente el dióxido de carbono. Después hay que liberar el gas, comprimirlo, transportarlo y almacenarlo de manera duradera para que el proceso cuente como eliminación.
Esa cadena consume energía y capital. También necesita lugares de almacenamiento, permisos, redes de transporte y sistemas de medición. Una máquina que captura una tonelada no demuestra que puedan construirse millones de máquinas, alimentarlas con energía baja en carbono y operar todo el sistema durante décadas.
Por eso el estudio no preguntó únicamente cuánto podría bajar el coste de un sorbente. Incorporó incertidumbres tecnológicas, financieras, de mercado y de política pública.
Seis mil futuros calculados
Los investigadores analizaron dos marcos climáticos: uno asociado a compromisos nacionales y otro a una estrategia de largo plazo más ambiciosa. Para cada uno generaron 3.000 combinaciones de parámetros, un total de 6.000 ejecuciones. Variaron 36 entradas, entre ellas costes, ritmos máximos de crecimiento, disponibilidad de almacenamiento, financiación y diseño de subsidios.
Los resultados centrales fueron modestos comparados con la escala que suele aparecer en los titulares. En el marco de compromisos nacionales, la mediana para 2050 fue de unos 0,06 gigatoneladas anuales. En el escenario de largo plazo fue de alrededor de 0,39 gigatoneladas. Solo un 4 % y un 6 %, respectivamente, llegó a una gigatonelada.
Una gigatonelada son mil millones de toneladas. Alcanzarla no significa resolver el cambio climático: las emisiones mundiales de CO₂ siguen siendo mucho mayores. El número sirve aquí como umbral de industrialización masiva.
La cola del éxito necesitaba crecer muy deprisa
Los escenarios de gran despliegue compartían condiciones exigentes. La tecnología debía aumentar su capacidad a ritmos altos durante muchos años. Los costes tenían que bajar. Debía existir almacenamiento suficiente y, sobre todo, un sistema de incentivos capaz de sobrevivir a cambios políticos y presupuestarios.
El análisis encontró que ninguna trayectoria de gigatonelada aparecía con un apoyo máximo inferior a unos 425 dólares por tonelada. Los autores estimaron apoyos medios mínimos superiores a aproximadamente 330 dólares por tonelada en el marco menos ambicioso y 200 en el de largo plazo.
No son precios de mercado observados ni una tarifa universal. Son resultados internos del modelo: el nivel de apoyo que, bajo sus supuestos, permitió que la industria atravesara sus primeras décadas de costes altos y escalado rápido.
El cuello de botella no era una subvención puntual, sino la capacidad política de sostener una industria cara mientras todavía estaba aprendiendo a abaratarse.
El coste público se acumulaba durante décadas
Cuando se sumaban los programas de apoyo, el orden de magnitud era enorme. El estudio calculó aproximadamente 900.000 millones de dólares en el marco de largo plazo y hasta tres billones estadounidenses en el de compromisos nacionales.
La aparente paradoja es que el escenario climático más exigente podía requerir menos subsidio acumulado para la captura directa. Una política fuerte de reducción de emisiones elevaba antes el valor de retirar CO₂ y evitaba pedir a la tecnología que compensara indefinidamente un sistema fósil sin transformar.
Eso explica una de las conclusiones más importantes del trabajo: la captura directa no se vuelve económicamente robusta como sustituto de recortar emisiones. Funciona mejor dentro de una política que ya está reduciendo con fuerza el CO₂ emitido.
Una distribución no es una profecía
Un modelo integrado une energía, economía, tecnología y clima mediante ecuaciones y supuestos. Es útil para explorar coherencias: qué tiene que ocurrir junto para que una trayectoria sea posible. No observa el futuro.
El preprint reconoce límites importantes. Algunas ejecuciones del escenario de largo plazo no encontraron solución factible y fueron descartadas. El análisis varió parámetros dentro de un mismo modelo, pero no midió completamente la incertidumbre estructural que aparecería al usar otros modelos, otras representaciones de innovación o decisiones políticas imprevisibles.
Tampoco una probabilidad obtenida por muestreo equivale a una frecuencia natural. El 4–6 % depende de los rangos asignados a las variables y de cómo se distribuyeron las muestras. Cambiar esos rangos cambiaría la cola.
Por eso el titular honesto necesita la frase «en un modelo». Sin ella, una exploración condicional se convierte falsamente en pronóstico estadístico.
El aire no devuelve un recibo sencillo
Incluso si una planta captura CO₂, hay que descontar las emisiones de la energía, los materiales, la construcción y el transporte. Después debe demostrarse que el carbono quedó almacenado de forma duradera. La captura y la eliminación neta no son automáticamente la misma cifra.
La tecnología también compite por electricidad y calor bajos en carbono. Si usa energía que habría evitado emisiones en otra parte, su beneficio climático puede reducirse. Su localización tendrá que coordinar aire, energía, agua, tuberías y geología.
El IPCC incluye la captura directa con almacenamiento entre las opciones de eliminación de carbono, pero la eliminación no sustituye las reducciones profundas de emisiones. Sirve especialmente para equilibrar emisiones residuales difíciles de eliminar y, quizá, para retirar CO₂ histórico.
Pensar en probabilidades cambia la promesa
Las narraciones tecnológicas suelen presentar dos imágenes: una máquina actual muy pequeña y una cifra futura enorme. Entre ambas falta la distribución de caminos posibles.
El trabajo de 2026 obliga a mirar ese espacio intermedio. La escala de gigatonelada no aparece como consecuencia automática del aprendizaje industrial. Es una posibilidad de cola que requiere alinear tecnología, financiación, almacenamiento y política durante décadas.
La captura directa de aire puede ser físicamente posible y climáticamente útil sin que su escalado masivo sea el resultado más probable del modelo. La ciencia de la promesa empieza cuando también contamos los futuros en los que la promesa no llega.
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