Figuras olvidadas
Elsie Widdowson probó con su propio cuerpo si el racionamiento podía alimentar un país
“Trabajaban juntos desde 1933. Ella había terminado un doctorado y se formaba en dietética en las cocinas del King’s College Hospital; él investigaba la composición de carne y pescado. Su primera conversación, recordada por Widdowson décadas después, empezó con una corrección: ella señaló que un método de McCance estaba infravalorando la fructosa de la fruta.”

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En enero de 1940, mientras Gran Bretaña comenzaba a racionar alimentos, un pequeño grupo caminaba y escalaba en el Distrito de los Lagos con una dieta que pretendía responder a una pregunta nacional: si los submarinos alemanes cortaban las importaciones, ¿podía la población mantenerse sana con los alimentos disponibles dentro del país?
Elsie Widdowson y Robert McCance no llegaron a esa prueba como asesores improvisados.
Trabajaban juntos desde 1933. Ella había terminado un doctorado y se formaba en dietética en las cocinas del King’s College Hospital; él investigaba la composición de carne y pescado. Su primera conversación, recordada por Widdowson décadas después, empezó con una corrección: ella señaló que un método de McCance estaba infravalorando la fructosa de la fruta.
En lugar de rechazarla, él consiguió financiación para trabajar juntos.
Durante siete años midieron la composición de alimentos británicos. En 1940 publicaron la primera edición de The Chemical Composition of Foods, con tablas nutricionales mucho más completas que las disponibles hasta entonces. Esas cifras permitían convertir una ración en energía, proteínas, minerales y vitaminas.
Sin una base de medición, la política alimentaria habría dependido de intuiciones sobre qué parecía suficiente.
Al comenzar la guerra, ambos calcularon qué cantidades podrían repartirse si el país tuviera que vivir principalmente de su propia producción. Diseñaron una dieta con porciones semanales reducidas de carne y pescado, azúcar, grasa, queso, fruta y un solo huevo.
La leche también estaba limitada. En cambio, el pan, las patatas y otras verduras cultivadas en Gran Bretaña podían consumirse sin una restricción fija. Esa decisión era esencial: quienes gastaban más energía podían compensarlo comiendo más alimentos básicos.
Widdowson y McCance siguieron el régimen durante tres meses junto con cinco voluntarios. No se limitaron a observar peso o síntomas en una vida sedentaria.
Al final llevaron la dieta al Distrito de los Lagos durante dos semanas de caminatas, bicicleta y escalada en enero de 1940. Querían comprobar si un menú monótono y bajo en grasa y azúcar podía sostener trabajo físico exigente.
Según el relato conservado por la Royal Society, el grupo mantuvo salud y capacidad de esfuerzo.
La dieta resultaba más saciante de lo esperado por la cantidad de pan y patatas. Eso no la convertía en agradable ni demostraba que funcionaría igual para todas las edades, enfermedades, trabajos y circunstancias. Eran siete participantes, entre ellos los propios investigadores, durante un periodo limitado. La prueba ofrecía evidencia práctica, no una réplica a escala de todo un país.
Su influencia fue real pero no exclusiva. Los resultados apoyaron la decisión de dejar pan y verduras sin racionar, aunque su disponibilidad seguía condicionada por producción y distribución. El régimen extremo calculado ante un posible aislamiento completo no tuvo que aplicarse en toda su severidad, porque las importaciones continuaron llegando.